Alexis Ponce

Los que hoy (¿o siempre?) somos honrosa minoría, no estamos solos jamás.

Por la ciencia y la cultura, solidario con la indignación de éste hermano mío en España, Juan Jiménez, difundo su carta abierta a los imbéciles.

CARTA ABIERTA A LOS IMBÉCILES

Mi nombre es Juan Jiménez Muñoz. Soy médico en Málaga. Tengo 60 años y ejerzo mi profesión desde hace 35. Mi número de colegiado es el 4.787. Y este dato lo aporto por si alguien, a raíz de esta lectura, me quiere denunciar o poner una querella. Será un honor.

El método científico, desde Galileo Galilei, nos ha sacado de las sombras. La electricidad, la radio, la televisión, los GPS, los teléfonos, los viajes espaciales, los antibióticos, las vacunas, los telescopios, la anestesia general, el saneamiento de las ciudades, la depuración del agua, las radiografías, las resonancias magnéticas, los rascacielos, los aviones, los trenes, el cine, las fotografías, los ordenadores y nuestra vida al completo, dependen de una ocurrencia de Galileo. Una ocurrencia en tres pasos para averiguar entre todos cómo funciona el mundo:

  1. Establecer una hipótesis plausible sobre un problema concreto. Por ejemplo: “yo creo que el agua estancada contiene unos animalitos minúsculos que causan enfermedades”. O: “yo creo que cuando un imán gira alrededor de una bobina se genera una corriente eléctrica”. O: “yo creo que la Tierra gira alrededor del Sol, ¡y no al revés!”
  2. Realizar experimentos para comprobar la veracidad o la falsedad de esa hipótesis.
  3. Publicar los experimentos para que cualquier otro los pueda reproducir, confirmar o refutar.

Y ya está. Qué tontería. Y gracias a eso, Y NADA MÁS QUE A ESO, la sociedad del año 2020 es completamente diferente a la de 1700. Diré más. Si como por arte de magia pudiésemos trasladar un habitante del año 1 hasta el año 1700, apenas notaría diferencias en lo esencial de la vida: se adaptaría sin problema. Pero si trasladásemos a un habitante del año 1700 al 2020, se moriría del susto. Literalmente.

Ciencia

Gracias al método científico tenemos herramientas para erradicar una pandemia, o para hacerla soportable: la del coronavirus, por ejemplo. Gracias a la ciencia no hay viruela. Por la ciencia no hay leprosos en Europa (o son casos muy contados). Gracias a la ciencia, los pacientes VIH positivos ya no se mueren de SIDA, sino que llevan su enfermedad como los pacientes crónicos. Gracias a la ciencia, muchos cánceres se curan.

Y que después de 300 años de éxitos de la ciencia y la humanidad, tenga uno que soportar lo insoportable, resulta estremecedor: la caída del modelo científico y la sustitución por la farsa, por la charlatanería, por la incultura, por el pensamiento mágico, por la vulgaridad, por el despropósito y por la ‘democracia’ aplicada a la ciencia, donde el analfabeto opina sobre el coronavirus mucho más o en igualdad de altavoces que el más docto catedrático de virología, y donde los tratamientos y las medidas de contención de una epidemia son a la carta.

Hay grupos organizados que parecen añorar la Alta Edad Media, aquella que tan magníficamente plasmó Umberto Eco en “El Nombre de la Rosa”: añorarla con su mugre y sus hambrunas, con sus gentes muriéndose de peste o de viruela, con los libros encerrados en monasterios sin acceso para nadie, sin luz eléctrica, sin agua potable, sin nada.

Creencias

Aunando esfuerzos, una mezcla infernal de terraplanistas, antivacunas, conspiranoicos, sectas religiosas, neonazis, adoradores de ovnis, hedonistas ‘liberales’ ácratas, cazadores de francmasones, delirantes con el 5G o la vacuna rusa, ‘ecologistas’ que no han visto jamás una gallina y, sobre todo, imbéciles de clase media con pedigrí, pululan en todas las redes sociales instaurando una nueva religión que, mucho me temo, está calando más de lo que imaginaba en una población carente de cultura y de liderazgo. Eso no es nuevo. Bestias los hubo siempre. Pero médicos y biólogos liderando imbéciles acientíficos y abjurando de la ciencia para adquirir una fama pasajera, eso nunca lo viví. Y nunca pensé que mis ojos lo verían. Y nunca creí que los colegios de médicos o de biólogos giraran la cabeza hacia otra parte y no alzaran su voz contra el medievalismo.

Que un grupo de 200 médicos se autodenomine “Médicos por la Verdad”, ya es una ofensa gravísima para el resto de los médicos que ejercemos en España, que somos 160.000. Porque quiere decir, ni más ni menos, que los 159.800 médicos restantes que no estamos en esa secta del fin del mundo y del dióxido de cloro, somos “Médicos por la Mentira”. Y a mí no me llama mentiroso ningún hijo de la gran puta, por mucho título que tenga.

Que se estén dando conferencias y publicando libros (uno de ellos con seis ediciones en un mes), para afirmar que «no hay pandemia», o que los individuos sin síntomas «no contagian», o que esto «es igual que una gripe», o que es preferible la experiencia personal a las publicaciones científicas revisadas por pares, o que el dióxido de cloro funciona contra el coronavirus, o que el dióxido de cloro no es tóxico, o que las vacunas que existen ahora provocan autismo, o que las vacunas llevan micro-chips para controlarnos, o que los aviones esparcen desde el cielo cristales para contagiarnos, o que «no llevar mascarillas es un acto saludable de rebeldía», resultaría risible si no fuese mortal, y si quienes defienden esas barbaridades fuesen mariscadores gallegos, aceituneros andaluces o pescadores cántabros, y no doctorados por una Universidad.

Hace poco, sesenta imbéciles acudieron a Las Canarias para reunirse en una playa a contagiarse a propósito. Habían quedado por Internet en hacerlo. Y yo, desde mi muro, acuso a quienes deberían ser líderes sociales, y no lo son, de favorecer esos comportamientos criminales con sus discursos absurdos y ridículos en defensa de la superstición y el medioevo actual.

Crisis

No es época de división, ni de actuar cada uno por su lado. Por desgracia, nadie lidera la crisis. Es evidente. Digo: ningún político. El gobierno central ha dimitido de sus responsabilidades. Incluso tiene que sobornar a los 17 gobiernos autonómicos de España para que acudan a las reuniones de salud. 17 Reinos de Taifas, 17 desastres organizativos. A cuál peor. Ni una puñetera norma en común. Ni un solo registro compatible. Y además de eso, por si fuese poco, una sarta de embusteros con el título de licenciados envenenan a la sociedad en lugar de aconsejarla, de guiarla, de cuidarla, prestándose a decir lo que muchos quieren escuchar, lo que ahora vende: que el coronavirus es un invento de la OMS, de China u otras superpotencias para disminuir la población mundial, pero, sin embargo (y mira tú que curiosa paradoja), la tal pandemia para ellos «no existe».

Compañeros médicos, biólogos, abogados, farmacéuticos y licenciados de toda clase y condición que habéis optado por llevarnos otra vez a la Edad Media: sois la vergüenza de la profesión, y no sois dignos de que os llamemos compañeros, y mucho menos científicos. Sois pocos, pero metéis mucho ruido y confundís. Sois pocos, sí. Pero malas gentes. Y decís cosas por las que, de haberlas dicho en la Facultad de Medicina o de Biología cuando eráis estudiantes, jamás habríais obtenido ese título del que ahora os valéis para vuestro propio beneficio vulgar. Un título del que, si de mí dependiera, seríais desposeídos de inmediato. Lástima que no se pueda.

Contagio

Podría elegir muchas estupideces de las que defendéis, muchas barbaridades solemnes, pero me centraré en una sola, que en vuestra boca merecería la cárcel: “las personas sin síntomas no contagian”. ¿Dónde estabais el día que explicaron en las aulas la tuberculosis, el SIDA o la varicela? ¿No contagian los VIH positivos a pesar de estar asintomáticos? ¿No hay tuberculosos bacilíferos sin síntomas de enfermedad? ¿La varicela no se contagia desde pacientes en fase prodrómica? En fin. Mejor callar, que me van a estallar las meninges.

Sois líderes de red social que habéis elegido no serlo en la realidad para convertiros en bufones. Y eso, en época de zozobra y muerte, no tiene perdón de Dios.

¡Ah! Y otra cosa. Mis señas las di al principio. A ver si tenéis los cojones para meteros conmigo. Cojones, digo, ya que neuronas… tenéis las justitas pa’ beber sin ahogarse.

Firmo,

Juan Jimenez M.
Médico del Servicio Andaluz de Salud
Colegiado en Málaga 4787.

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