99 años después del 15 de noviembre, los derechos de los trabajadores siguen en peligro

«Las ligeras ondas hacían cabecear bajo la lluvia, las cruces negras, destacándose contra la lejanía plomiza del puerto. Alfonso pensó que, como el cargador lo decía, alguien se acordaba. Quizás esas cruces eran la última esperanza del pueblo ecuatoriano»

Las cruces sobre el agua, Joaquín Gallegos Lara (1946)

Quito, 15 nov (La Calle). – El 15 de noviembre de 1922 ocurrió la matanza más grande de la historia de la República ecuatoriana. En la ciudad de Guayaquil, las fuerzas del orden asesinaron a cientos de ciudadanos durante las huelgas de trabajadores que solicitaban al Gobierno cumplir con los derechos básicos para el trabajo.

El Estado no reconoció oficialmente al 15 de noviembre como una efeméride. Fueron las generaciones de obreros y ciudadanos que recuerdan el baño de sangre que el proletariado guayaquileño sufrió en manos de batallones Constitución, Zapadores del Chimborazo, Montúfar, Marañón, Artillería Sucre No. 2 y Cazadores de los Ríos del Ejército ecuatoriano.

El 15 de noviembre de 1922 fue la primera vez que las clases medias y bajas del pa{is conocieron la violencia del Estado. Como una máquina que destruye todo a su paso, así actuaron las fuerzas del presidente José Luis Tamayo, quien no tuvo ningún reparo en dar la orden a los Generales en Guayaquil.

“Los trabajadores, el 15 de noviembre de 1922, expresaron el despertar de las reivindicaciones laborales en el Ecuador, justas, en un medio atrasado en los derechos laborales ya conquistados en otros países. Sin embargo, las reivindicaciones reclamadas se califican de «comunistas» y «excesivas». Y la matanza obrera de Guayaquil, de la que fuera responsable el gobierno de José Luis Tamayo (1920-1924), incluso fue justificada con el argumento de que se había disparado contra «saqueadores» y «delincuentes». Todo para esconder la responsabilidad compartida de los capitalistas de la época”, explica en un artículo el historiador Juan Paz y Miño.

La historia nunca termina

Uno de los principales pedidos de los obreros era determinar la jornada laboral en ocho horas. Esta solicitud ya se cumplía en otros países tras la protesta del 1 de mayo de 1886 en Chicago. Hecho que después se marcaría como el Día Internacional del Trabajo.

Sin embargo, en nuestro país, donde la influencia capitalista y exportadora ya se había imbricado, donde los grandes exportadores de cacao y la clase plutocrática imponían su ley, hacían oídos sordos a este pedido. Mucho de los obreros trabajaban 10, 12, 14 horas seguidas.

Con el paso del tiempo en Ecuador empezó a regir la jornada de ocho horas. Sin embargo, el último proyecto de ley del presidente Guillermo Lasso, que no cumplió con los requisitos para su tratamiento en la Asamblea Nacional, proponía el cambio de ocho horas a un máximo de 12 horas que podría ser discutida entre trabajadores y empleadores.

Todavía no se ha enviado un nuevo proyecto de Ley laboral, no obstante, propuestas como el pago de indemnización de un trabajador despedido a su ex empleador atentan contra los derechos laborales de los ecuatorianos. A esa problemática hay que sumarle el desempleo que en 2021 ha aumentado. Los empleos adecuados han devenido en empleo informal y ha precarizado la vida de las personas de clase media y media baja.

Recordar el 15 de noviembre

A un año que conmemorar el centenario de tan importante fecha, hay que recordar la importancia de la lucha obrera en el Ecuador. Sin las protestas que comenzaron en 1922 no hubiera sido posible conseguir el Código del Trabajo en 1938 o las reformas en las Constitución de 1929. Las cruces sobre el agua son todavía un acto infame de un gobierno consumido por la codicia y el sentido de explotación. La violencia estatal no se detuvo y continúa hasta nuestros días. Recordar el 15 de noviembre es recordar la deuda que el Estado todavía tiene con nosotros.

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