Por: Ivette Celi Piedra / @ivetteceli

Cuando en 1985, se estrenó la película Volver al Futuro de Steven Spielberg, los saltos en el tiempo se convirtieron en el fetiche de los productores cinematográficos. Desde Quantum Leap hasta Dark o Outlander, las pantallas nos vuelven a poner en situaciones ficcionadas sobre el destino de personajes comunes que se ven atrapados en otros tiempos y otras dimensiones.

En medio de esta ola de saltos en el tiempo, nuestro pequeño país Ecuador, nos ha llevado a protagonizar una trama real, que para muchos productores cinematográficos podría verse como una ficción ilógica. Pero acá la vivimos, y no podemos aspirar a un salto al futuro, al menos por hoy, eso nos está negado.

De la ficción a la realidad

Caminar en las calles de Quito, un día normal, es encontrarse en 1990, cuando los usuarios de los precarios servicios públicos tenían que hacer filas desde la madrugada para poder obtener el ansiado “turno”. Registro Civil, IESS, juzgados, CNT, SRI y muchas otras instituciones han entrado en ese salto al pasado; decenas de personas hacen fila en las calles que, además, están abarrotadas de comerciantes informales que intentan sobrevivir ante la falta de oportunidades laborales. Las colas son interminables, como son los lamentos de las personas que con paciencia y frustración intentan resolver sus problemas; mientras los tramitadores actúan por doquier.

Para quienes nos interesamos sobre los procesos históricos y estudiamos las políticas de la memoria, lo que vive Ecuador en la actualidad resulta una recapitulación de las décadas de 1980 y 1990; cuando teníamos que ver a nuestros padres sufrir por los recortes de salarios, los atrasos en los pagos, la flexibilización de las condiciones laborales y la reducción de la calidad en los servicios públicos. Las dinámicas de presión de las entidades financieras para exprimir a los usuarios con altos intereses, hoy son el pan de cada día. Y qué decir sobre el incremento de los índices de violencia, homicidios, femicidios y suicidios.

En el caso ecuatoriano, no es posible romantizar el pasado. Los recuerdos de ese país de fin de siglo, que se materializan hoy como una película de terror, nos golpean en medio del dolor que significa esta pandemia, y que únicamente ha revelado la fragilidad de nuestra institucionalidad pública y los miserables intereses de nuestra clase política que convulsiona en medio de cientos de denuncias de corrupción.

Entidades como Medios Públicos, Correos del Ecuador, Ferrocarriles del Ecuador agonizan lentamente ante la mirada impávida de la ciudadanía que poco o nada puede hacer para contrarrestar las decisiones de la máquina del tiempo del morenato. Esta máquina que solo tiene una dirección. El retroceso. 

Crímenes de lesa patrimonialidad

Hace pocos días en redes sociales, ante la espantosa noticia de chatarrización de vagones del sistema nacional de ferrocarriles, en el que se invirtió un gran esfuerzo y grandes cantidades de dinero, el periodista Orlando Pérez hacía referencia al cometimiento de un crimen de lesa patrimonialidad por parte del gobierno de Moreno. Y cuánta razón tiene Pérez, porque este gobierno se ha ensañado con las instancias más simbólicas de la identidad del Estado; aquellas que otorgaban dignidad, soberanía, independencia de información, unidad, pero principalmente orgullo como el caso de nuestro ferrocarril. El retorno al pasado ha hecho que ni los bienes pertenecientes al patrimonio cultural del país se salven de la debacle morenista. Ahora se pretende movilizar una de las principales reservas patrimoniales del país y el Museo Nacional a la Mitad del Mundo; así porque sí.

Entonces vuelve al presente esa figura del gobierno patrón, del gobierno capataz que se asume dueño de todo y de todos. Donde no se respeta la institucionalidad, la ley, los criterios técnicos, nada. Lamentablemente estamos viendo los peores crímenes de lesa patrimonialidad sin que haya una sola instancia que intervenga para revertirlos. Parecería que no existe Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, o que también volvió al pasado cuando era ciego, sordo y mudo.

Sin futuro                                                               

En el retorno al pasado se cierran instituciones, se liquidan funcionarios, se reducen presupuestos, se desmantelan servicios, y el fantasma neoliberal junto al FMI salen de las alcantarillas para llenar las calles de miseria.

No es el futuro el que nos debería aterrar, sino ese pasado que conocemos tan bien y que todavía sigue siendo la pesadilla de muchos ecuatorianos, sobre todo de aquellos que lo perdieron todo en el feriado bancario.

Hoy no podemos decir que nos acercamos al futuro que queremos, que como país hemos cumplido con los desafíos globales y que, como ha dicho el presidente, se está sembrando futuro. Me temo que lo que Moreno ha sembrado es miseria, dolor, hambre, violencia y mucha impunidad. Entonces, el futuro que nos deja, no es más que una copia del pasado en un país que tendrá que superar el cambio de siglo nuevamente.

Que al menos volver al pasado nos permita aprender de los errores y extirpar de nuestro entorno a los políticos corruptos, a los funcionarios reciclados y a los demagogos oportunistas. Pero sobre todo que nos permita renovar fuerzas para cerrar definitivamente el vórtice neoliberal.

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