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Una salida en tiempos de cuarentena (crónica)

Por: Diego Ponce

No son días comunes, pues estamos en cuarentena por el coronavirus y la gente debe quedarse en sus casas, salvo que necesite salir para abastecerse de alimentos, adquirir medicinas o por alguna emergencia. En mi caso tuve que salir para comprar comida (en la casa ya no había más que un pan de ayer y un café guardado) y unas medicinas para mi suegra.

Ropa cómoda que cubra todo el cuerpo, guantes y mascarilla; una lista de todo lo que se necesita en la casa, la receta impresa que el médico mandó por whatsapp, las llaves del carro (con el número placa que corresponde al día que se puede salir), la tarjeta de crédito (luego veremos cómo se paga) y la bendición de la familia. Estoy listo para salir.

Las calles lucen casi vacías. Lamentablemente veo algunos automóviles que incumplen la norma de la placa y circulan por la ciudad (tampoco es que hay muchos vigilantes por las calles), seguramente tendrán alguna necesidad para salir en esta cuarentena, no soy quién para criticar.

Llego al supermercado, el cual prefiero no nombrar para no regalarle publicidad (ya suficientes ganancias tienen desde el inicio de la emergencia). Tuve que salir a las 07h00 para llegar antes de que abran, pues, como lo imaginé, ya había una fila larga esperando para entrar también a abastecerse.

Había una fila larga, casi llenaba la cuadra entera, con la distancia recomendada de dos metros por persona. Había también un grupo de señoras que vendía mascarillas en la calle y, lamentablemente, como siempre en nuestra ciudad, no faltó el sapo que guardó el puesto al gil de al frente para ir a desayunar.

Tuve que esperar una hora desde que abrió el supermercado para poder ingresar. Eran las 09h00, un guardia de seguridad se encargó de fumigar mi cuerpo antes de entrar. Los carritos de las compras están contados para que no entren más personas de las que permite el COE.

Intenté hacer las compras lo más rápido que pude, pero me percaté de una peculiaridad, y es que, pese a que hay un número limitado de gente que puede entrar a hacer las compras, todas estas se aglomeraron en la sección de carnes y lácteos. Estando ahí parecía un día normal de compras. Tomé un turno para comprar embutidos y aproveché el tiempo para coger las demás cosas que me faltaban antes de que de que me atiendan.

Carnes, quesos, huevos, papas, verduras, aguas, colas, jabones, la última botella de alcohol que dejaron y una que otra golosina para pasar la cuarentena. Estaba listo para pagar, donde un cajero amable que tenía junto a él una botella de alcohol gel, su mascarilla y unas gafas protectoras. Así lo hice, puse la tarjeta de crédito en el lector. Ya veré luego cómo pago, como dice el Otto. Lástima que no pueda decir que luego veré si pago… Los bancos nunca pierden. Pero bueno, es hora de volver a casa.

Voy de regreso a casa, vuelvo a ver autos que no deberían salir, pero tampoco veo vigilantes que los detengan. Sigo con mi camino hasta la casa, donde bajo todas las compras y rocío con un chisguete el alcohol que compré. Realizo el ritual de ingreso, quitándome los zapatos y la ropa, lavándome las manos y el cuerpo entero, y luego de todo eso, ahí sí saludo a la familia.

Esa es básicamente una historia de salida de compras en época de cuarentena. Quizá muchos no la puedan vivir así, pues no tienen acceso a una tarjeta de crédito o un vehículo. Vamos… quizá no tienen ni para el pan guardado, porque su trabajo les daba para sobrevivir cada día. Tal vez los autos que salieron sin importar el número de placa era de gente que buscaba atención médica o tenía alguna emergencia. No podemos saberlo, el mundo está lleno de diferentes historias y lamentablemente muchas no son comprendidas.

¿Por qué digo que no son comprendidas? Pues por comentarios como los que hace don Otto, que dizque salir es considerado un crimen contra la humanidad, por la emergencia. Señor Vice, la gente no sale porque quiera desobedecer, lo hace porque tiene que sobrevivir, llevar el pan de cada día a su mesa, ¡no los pueden tratar como criminales!

Pero bueno. La vida debe continuar. Muchas más historias se contarán, relatos más importantes e interesantes que una salida al supermercado local.

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