Ramiro Aguilar / El solitario Andrés

Por: Ramiro Aguilar Torres / @ramiroaguilart

“La ciudad es una arquitectura. Es una enorme obra de arquitectura que se hace en el tiempo y por todos sus habitantes. Si la pensamos así, como obra de autor –en este caso toda la sociedad-, la ciudad es una enorme manufactura (una obra) que entonces puede ser bella, triste, fea, interesante o misteriosa, es decir, le podemos aplicar los adjetivos del arte”, decía Teodoro González de León, en su Retrato de un arquitecto con ciudad, libro del que tomo prestado el título para escribir mi columna de esta semana.

Esto, a propósito del debate desatado estos días entre los dueños de las calles, parques y plazas de la ciudad de Quito respecto a las huellas de las protestas de octubre de 2019 en muros y monumentos de la ciudad de Quito, así como la intervención de la estatua de Isabel La Católica este doce de octubre.

Me encanta la cita de González de León en el sentido de que una ciudad debe ser interpretada como obra de arte donde su autor es la totalidad de la sociedad que la habita. Una obra que se hace en el tiempo. Una ciudad no es un museo.

Una ciudad viva (en oposición a las ciudades en ruinas) es una obra que está en constante elaboración. “Ese teatro polifónico, complejo y fecundo llamado ciudad (dice Vicente Quirarte en Amor de ciudad grande) es modificado por aquellos que al vivirla la leen, la traducen, la construyen cotidianamente.

Calles, parques, edificios, y la quinta fachada que de manera común llamamos cielo, se transforman en personajes vivos desde el instante en que sus habitantes los utilizan como espacio de servicio o de producción, de libertad, placer o conocimiento”.

La ciudad

Una ciudad tiene varios significados según la transiten los poetas, los enamorados, los comerciantes informales, los traficantes o los policías. Los habitantes de una ciudad, escriben en sus muros, grafitean las paredes, usan barrios como zonas de tolerancia o se amurallan en otros barrios convertidos en jardines del Edén para vivir en ellos su vida de ensueño. Todo se integra, todo se lee como la obra construida por todos, a cada instante.

Cuando el movimiento indígena llegó a Quito en octubre del 2019, la ciudad acogió algo más que un colectivo, acogió sus costumbres comunitarias, su asentamiento temporal en el parque El Arbolito, y obviamente los pueblos movilizados no vienen de paseo.

Su objetivo no son las fotos. Ellos llegaron a sumar su voz a la protesta nacional frente a un gobierno corrupto, indolente, incompetente y violento. El Estado usa a la ciudad de Quito como domicilio permanente del poder político. Quito acoge al gobierno; pero la ciudad no hace simbiosis con el gobierno.

Todo lo contrario, sus habitantes, permanentes o temporales, le hablan al gobierno con el que conviven en su ciudad dejándole mensajes claros en los muros. Si surge la represión, Quito abre sus calles a la respuesta del pueblo. Polifonía de poder y de respuesta al poder.

Paredes que hablan

Cuando en las redes o en los medios corporativos se alzan esas voces que se quejan por las huellas que deja una movilización popular en el centro histórico y desde la retórica más barata dicen hablar en defensa de sus muros o de sus monumentos, se muestran en toda su ignorancia; lucen su pequeña percepción de que la ciudad es lo turístico, lo colonial, lo patrimonial. Esas mismas personas pasan impávidas ante las casas despintadas de la calle Salinas, o jamás han pisado la Lucha de los Pobres.

Estos pequeños personajes quejumbrosos, si bien habitan la ciudad, no se integran a ella, no la crean, no la leen. Políticos de tercera división creen que con su comentario protector del patrimonio se vuelven más quiteños, más auténticos, ennoblecidos ellos y quienes les hacen el coro.

Por suerte, Quito es condescendiente, los oye como oír llover, les tiene ternura por su pequeñez mental. Como no sentir lástima con esas personas apocadas que, en la plaza de toros, embrutecidos por el alcohol gritan: ¿Qué chupe Quito! ¿Hasta dónde? ¡Hasta las huevas carajo!

Ojalá con los años esta ciudad se siga escribiendo en sus muros, altiva, rebelde, democrática.

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