Omar Jaén / @kelme_boy

  • *Para efectos de este artículo me centraré en lo que ocurrió en diario El Telégrafo en donde laboré por 10 años.

Corría el 2007 y un mozo Rafael Correa irrumpía con un discurso radical, de cambios profundos en lo político, económico, pero sobre todo en lo social. A la par de una convocatoria de Asamblea Constituyente, Correa impulsó uno de sus proyectos más emblemáticos, pero a la vez más confrontativos: la creación de los medios públicos. Entre 2007 y 2008 se “refundó” diario El Telégrafo y empezaron sus transmisiones Ecuador TV y Radio Pública. Luego llegarían la Agencia Andes, diario PP El Verdadero y la compra del periódico regional El Tiempo. El Estado ecuatoriano, a 2016, había constituido un poderoso pool mediático que tenía como objetivo presentar un nuevo discurso informativo y comunicacional, alejado de la visión comercial de los medios privados. Pero tampoco se puede obviar que subyacía la intención de hacer frente en lo político a los ataques de los medios privados al régimen de Correa.

El Telégrafo tuvo un auspicioso arranque como medio público. Bajo la dirección de Rubén Montoya, el diario se rediseñó e incluyó secciones ciudadanas. Pero los tiempos convulsos de la Constituyente de 2008 y la posterior aplicación de lo aprobado en Montecristi, derivaron en una olla de presión política sobre el diario y sus directivos. Montoya salió al conocer que desde la Secretaría de Comunicación lanzarían un “diario popular” para competir comercialmente con los privados. Volvía el debate sobre si los medios públicos debían ser rentables.

PP El Verdadero resultó un fracaso tanto en lo comercial como en lo periodístico. Entre idas y venidas, Edwin Ulloa asumió El Telégrafo en tiempos en los que parecía que estaba por cerrar. Con poco personal y sometido al discurso oficial, el periódico sobrevivió.

Llegaría Orlando Pérez en 2011 a conducir el diario. El gobierno de Rafael Correa había soportado un intento de golpe de Estado un año antes y se encaminaba a su mayor victoria electoral en 2013, así que la situación en El Telégrafo mejoró. Se dio apertura a nuevos proyectos editoriales como el suplemento cultural “Cartón Piedra”, la sección de adultos mayores “Palabra Mayor”, se fortaleció el área digital y se diversificaron las corresponsalías internacionales.

Sin embargo, la más que notoria influencia del poder político en lo editorial era insostenible. Este es probablemente el pecado original de los medios públicos en Ecuador: nunca haberse independizado de las órdenes de la Secretaría de Comunicación. Vaya que se dio pelea, pero siempre se impuso el peso desde Carondelet.

Xavier Lasso y Hernán Ramos se hicieron cargo del manejo editorial de El Telégrafo en la época de la campaña electoral de 2017. En esos momentos, tanto medios privados como públicos perdieron las formas, fue una guerra repulsiva que le hizo mucho daño al país. Ganó Lenín Moreno y el proyecto de medios públicos recaería en el Rasputín de Los Andes, Andrés Michelena.

Michelena asumió la gerencia de la Empresa de los Medios Públicos y emprendió, desde el primer momento, el desmantelamiento de lo alcanzado al considerarlo “herencia correísta”. Por su oficina desfilaron periodistas y dueños de medios privados para armar la estrategia mediática en contra del exrégimen. Incluso, esbozó unos proyectos con altísimos presupuestos que no pasaron del piloto, como lo recordó el periodista Diego Valencia

Y el resto es lo que se conoce. Los medios públicos se convirtieron en armas de persecución política y parlante de lo que salía de la “Mesa chica” de Carondelet. Michelena nunca dejó de mandar, fue quien nombraba a los gerentes de la Empresa de Medios Públicos, salvo en el corto lapso en que Gabriel Arroba estuvo al mando de la Secretaría de Comunicación.

Quizás uno de los personajes más funestos en este último período fue la directora de El Telégrafo y luego Gerente Editorial, Carla Maldonado. Su agenda motivada por el odio perjudicó aún más el ambiente laboral en el diario (emprendió una cacería de “periodistas correístas” en el periódico). 

El pasado viernes 24 de julio se confirmó lo que se temía. Los medios públicos fueron mermados a su mínima expresión, fueron echados 500 artesanos de la comunicación. Dicen que ahora, con cerca de 115 personas (la mitad administrativos) sostendrán 3 medios (El Telégrafo en su versión digital, Ecuador TV y Pública FM). Dicen que será como la BBC. La mentira descarada hasta el final.

No es de sorprenderse. Mientras el gobierno rifa las frecuencias de radio y televisión en manos privadas, dinamita el proyecto de los medios públicos. Nunca estuvo en las intenciones de este gobierno fortalecer los medios públicos, sabían que comprar a los medios privados les resultaba más útil para sus objetivos.

Y surge la pregunta: ¿quiénes acabaron con el sueño de los medios públicos? Creo que hay varios responsables. Los directivos que durante el correísmo no hicieron lo suficiente para impedir que la Secretaría de Comunicación haga y deshaga. Los periodistas (entre los que me incluyo) que en varias ocasiones se callaron ante decisiones alejados con la ética periodística. Y, cómo no, Lenín Moreno y su adulador Michelena.

Pero la mayor responsabilidad del exterminio de los medios públicos recae en todos los ecuatorianos. Sí, de usted que está leyendo estas líneas, de su familiar cercano, de su vecino de la esquina, del tendero del centro de su ciudad.

Los ecuatorianos nunca se interesaron en defender un proyecto tan necesario para un Estado. Por más errores que este proyecto pudo tener, los medios públicos son fundamentales para contar con contrapesos en una sociedad. Con el cierre de los medios públicos perdemos todos… Claro, menos el Gobierno de Moreno y sus fieles socios de los medios privados.

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