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Para el pueblo, pan y circo (opinión)

Paulina Mogrovejo / @pauli_mogrovejo

Abogada de Derechos Humanos

‘Panem et circenses’, escribió el poeta Juvenal en su Sátira X,  por el año cien antes de Cristo. Su crítica estaba dirigida a la práctica romana de realizar eventos de combate con gladiadores, luchas de fieras,  entre otras formas de costoso  entretenimiento, con el fin de ganar poder político o mantener a los habitantes distraídos.

Casi mil años después, esta práctica al parecer sigue vigente. En nuestro caso al menos. En plena campaña electoral, la mayoría de ‘presidenciables’ están en todo, menos en discutir los temas que en realidad nos afectan: desempleo, pandemia, vacunas, acceso a la salud, vivienda, seguridad, educación, corrupción, violación de libertades y derechos humanos, entre otros.

Resulta claro que a vísperas de un cambio de inquilino en el Palacio de Carondelet, las prioridades en la agenda de campaña  de una buena parte de los candidatos, están relacionadas con la disputa entre partidos políticos por la atención de los ciudadanos, cada vez menos convencidos de que el sistema político sirva para algo útil.

Entonces, vemos aspirantes a la Presidencia que se visten de viudas, usan bazuca, dicen palabras groseras, se fotografían semidesnudos, con ositos de peluche, hacen ejercicio en público, predican, dicen chistes sexistas, racistas u homofóbicos, incitan a la violencia y a la discriminación, invitan a ver el fútbol, entre otros ‘espectáculos’.

Nada concreto dicen sobre los abusos del estado de excepción, los 114 femicidios, el reparto de hospitales, los precios de las vacunas, los despidos masivos, el sobreendeudamiento del gobierno, las violaciones de derechos humanos, el desempleo, la crisis del sistema, la corrupción política y económica, la deficiente administración de justicia, las largas filas para acceder a servicios públicos, la venta secreta del Banco del Pacífico, la falta de presupuesto para universidades o el empobrecimiento sistemático de los ecuatorianos, en especial en zonas rurales. 

Sus discursos, vaciados de contenido,  cumplen una misión: alejar a los votantes de los razonamientos y estimular en ellos cualquier tipo de emoción: amor, odio, enojo, risa, indignación o miedo. Todo vale para llevar a los electores a una decisión irracional.  

La política como espectáculo ha cobrado fuerza en los últimos años, como un mecanismo efectivo para conectar con los votantes. Sin embargo, esto tiene sus consecuencias democráticas, pues conduce a los políticos a un comportamiento que les permite evadir el debate con el pueblo sobre la situación del país, sus responsables, sus consecuencias y las soluciones, con lo que las grandes decisiones quedan en manos de las élites que ostentan el poder.  

Decía Aristóteles, que la política es igual a la deliberación colectiva para resolver conflictos y lograr consensos.  Lo contrario es la barbarie, pues usa la violencia para imponerse sobre los demás.

Una de las formas es la violencia política. Aquella visible como la agresión física o los asesinatos de líderes, y también la invisible, la sutil, más bien simbólica, ejercida contra el pueblo cuando los partidos políticos nos tratan como antropoides.

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