Por: Sebastián Jarrín

La corrupción ocupa el primer lugar nuevamente, entre las preocupaciones de los ecuatorianos según la encuestadora Click Research. Ecuador es el cuarto país de América Latina y El Caribe, donde más ciudadanos afirmaron verse afectados directamente por la corrupción ¿Es acaso un mal endémico, o va más allá de nuestro país?

¿Cómo llegamos a este punto? Voy a realizar una afirmación un tanto temeraria: pienso que se debe a la exaltación de la lógica privada, basada en la competencia, en el egoísmo y en el individualismo, acompañado por una innecesaria destrucción de lo público.

Este comportamiento no es nuevo, es fruto de toda una construcción histórica, anclada a conceptos de Jeremy Bentham y Adam Smith. Ellos proponen dos ideas básicas por las que se maneja una sociedad de mercado. Primero, que si cada uno busca su bienestar individual, eso conllevará necesariamente el beneficio de la sociedad en su conjunto; y segundo, que las acciones individuales deben procurar el mayor beneficio posible, para la mayor cantidad de personas posible – ojo, no para todos, sino para los que más se pueda.

¿Cómo se entiende esta lógica? Los casos del Ecuador lo ejemplifican muy bien. Asambleístas que a cambio de su voto, obtienen la administración de un bien público, como es un hospital o una dirección provincial o regional de algún Ministerio, y lucran de él a través de contratos de compra pública de los cuales obtienen un porcentaje. En otras palabras: “yo asambleísta, abuso de mi calidad en la función pública para obtener un beneficio individual; y claro, está bien porque al final de cuentas se construyó un hospital, del cual se beneficiarán algunos, y se curarán con medicinas que les venderé con sobreprecio”. Mi beneficio individual produce un beneficio colectivo.

Esa lógica no es más que el simplismo llevado a su máxima expresión. ¿Acaso no se ven las consecuencias de convertir a la política en un negocio? El Estado deja de ser ese instrumento de acción colectiva para el bien común. Por eso tenemos banqueros, exportadores, bananeros, empresarios que emprenden en la política, que buscan la Presidencia, la Alcaldía, la Dirección Provincial, la Gobernación, o cualquier espacio por pequeño que parezca dentro de la función pública.

Esto lo normaliza la idea de viveza criolla. Pues no, no es la viveza criolla ni una cualidad ni mucho menos algo exclusivo de los ecuatorianos. Es la exaltación de la lógica capitalista: mi egoísmo beneficia a todos.

Muchas veces escucho que la corrupción cambiará el día que cambiemos cada uno, que hagamos la fila, que no nos pasemos el semáforo…pues sí, creo que ayuda. Yo me inclino más por recuperar lo colectivo, lo común. ¿De qué sirve que yo recicle y separe mi basura si al final del día pasa el camión, se lo lleva todo y lo entierra? Lo mismo pasa con la corrupción: ¿de qué sirve que yo haga esos cambios individuales, si no entendemos que formamos parte de un colectivo? y como tal, debemos respetar el espacio público, las instituciones, el Estado, sino vendrá el de la camioneta o la avioneta y se llevará lo público al basurero.