Omar Jaén Lynch / periodista y docente universitario

La telenovela está buenísima. Hay intriga, delitos, lágrimas, prófugos, avionetas accidentadas… La Fiscalía al mando de Diana Salazar, entre allanamientos y fuegos artificiales para los medios, ha puesto al país en vilo, con novedades unos días, con bochornos otros tantos.

Dejando de un lado la pirotecnia, lo único concreto es que los ecuatorianos vamos descubriendo a cuentagotas nauseabundos casos de corrupción. La mayoría de ellos ocurridos durante la crisis sanitaria por la pandemia de Covid-19. Ni nuestros enfermos y muertos pudieron salvarse de la maldita corrupción de los distintos niveles de Gobierno.

Resulta jocoso ver cómo funcionarios del régimen de Lenín Moreno en la última semana salieron en sus medios de comunicación aliados para intentar posicionar que la culpa no es de ellos, que esto viene “de años atrás”. Es de desatacar la astucia de un gobierno que ya entró en su cuarto año y recién se entera de lo que ocurre en sus narices.

Para reafirmar esta “lucha sin cuartel” contra la corrupción, Moreno sacó un nuevo eslogan prefabricado e insípido: “caiga quien caiga”. Así intentó convencer a los ecuatorianos que no habrá ni favor ni temor con nadie si se descubre que participa en un delito.

Pero más allá de las frases melosas e insulsas de Moreno, el país sabe que Fiscalía se va por las ramas en las investigaciones. Se han detenido a supuestas cabecillas de redes de corrupción, pero la sociedad entiende que hay un eslabón que no se quiere tocar. Tengamos claro que si un asambleísta o partido político ha metido la mano en hospitales o en construcción de obras públicas es porque alguien con más poder se los permitió. El reparto no viene del cielo, no surge por generación espontánea y eso, al parecer, se le escapa a Fiscalía.

La fiscal Diana Salazar no ha movido un dedo por investigar quién o quiénes en lo más alto de Carondelet fueron quienes entregaron las casas de salud; quién o quiénes entregaron prebendas a los asambleístas a cambios de votos; quién o quiénes dieron alas a la familia Bucaram para que tengan un ápice de participación en la cosa pública. Todo apunta a la famosa “mesa chica” de Carondelet. Pero antes, veamos a qué nos referimos con eso.

La mesa chica y sus comensales

La “mesa chica” es el espacio en el que confluyen los personajes más cercanos y de confianza de un mandatario. Es aquí en donde se debaten las decisiones más importantes y beneficiosas para el Estado. Bueno, eso sería en un escenario ideal. En Ecuador, la “mesa chica” no es más que una gavilla de bellacos que le susurran propuestas al oído a Moreno para cumplir con las metas de poderes por fuera de Carondelet.

Por la “mesa chica” de Moreno en 3 años han pasado personajes como María Fernanda Espinoza, Eduardo Mangas, Gustavo Larrea, Otto Sonnenholzner, entre otros. En la actualidad es comandado por Juan Sebastián Roldán, María Paula Romo, Santiago Cuesta y, en menor rango, Andrés Michelena y Richard Martínez.

Resulta insultante para el país que el Gobierno asegure que ninguno de los nombres antes citado nunca supo del reparto de hospitales, de las eléctricas, de contratos de construcción de casas de salud en Manabí, de los “acuerdos” con los asambleístas de varias bancadas.

Por cierto y es válido recordar cómo hace no mucho la entonces presidenta de la Asamblea, Elizabeth Cabezas, llamó desesperada a María Paula Romo para que convenza a los hijos de puta (cita textual de Cabezas) del Partido Social Cristiano porque iban a perder una votación en el Pleno. Queda más que claro quién es la que maneja los hilos en el Parlamento.

Sigue el reparto…

Esta semana el ministro de Salud, Juan Carlos Zevallos, confirmó que conoce que legisladores piden administrar hospitales a cambios de votos. Hace unos meses, Santiago Cuesta aceptó que en más de una ocasión los asambleístas le pidieron puestos en casas de salud, en CNEL y otras instituciones públicas.
Las pruebas aturden, menos a la Fiscalía. Incluso Diana Salazar se regocija compartiendo ruedas de prensa con María Paula Romo cuando, hasta por delicadeza, debería ser citada a rendir su versión sobre el reparto de poder. La “mesa chica” es intocable.

Soy sincero, no tengo esperanza de que Salazar llegue a los más alto en sus investigaciones. Eso sí, mientras no lo haga señora Fiscal no crea que el país le reconocerá una sincera lucha contra los delitos. Su omisión quedará como una mancha más de corrupción tan propia de este Gobierno.