El ministro de economía y finanzas, Richard Martínez abandera el proyecto de Ley Económico Urgente. Foto: Primicias

Por: Omar Jaén Lynch

Periodista y docente universitario

Esta semana el gobierno de Lenín Moreno concretó quizás el último y más perverso arponazo al pueblo ecuatoriano. Les quedan ocho meses en Carondelet, pero se esmeran en dejar tatuado a sangre y fuego su legado en los estómagos de quienes vivimos en la mitad del mundo.

Con fuegos artificiales anunciaron -con los medios públicos y privados como cheerleaders- un nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por USD 6.500 millones. Como es costumbre en la era de Moreno y sus acólitos, son una incógnita las exigencias que nos impondrá Washington a cambio de darnos esos fondos. Varios analistas prevén una reforma tributaria con miras a impuestos directos (¿IVA?), más despidos en el sector público y la venta inmisericorde de todo lo que tenga aroma a estatal.

Como el FMI sabe que este gobierno tiene de margen de negociación política lo que yo tengo de astronauta, le pidió a su aliado Richard Martínez que avance con “alguito” como para garantizar el acuerdo.

Así, el mandamás de la política económica le puso sobre la mesa de Moreno un decreto ejecutivo que elimina de sopetón los subsidios a los combustibles a sensibles áreas industriales del país. El mundo atraviesa una de las peores recesiones de su historia, la pandemia sigue golpeando el mercado internacional, las tasas de empleo se desploman, pero Ecuador elimina beneficios a la producción, ¿qué puede salir mal?

Privatización

Pero más allá de esto, Martínez y Moreno decidieron liberar la importación de combustibles al sector privado. Entre esos productos está el gas de uso doméstico. Qué casualidad que ya desde el mes anterior, el sector hidrocarburífero del país “advierte” que se están quedando sin capacidad como para abastecer el mercado local. El decreto ejecutivo Nº 1158 lo que generará a corto plazo -según avisaron analistas- es que los combustibles importados -entre esos el gas doméstico- se expendan al público a precios de mercado internacional. Cruce los dedos mi querido padre de familia, mi valiente señora que administra la economía del hogar, porque este gobierno acaba de poner el futuro de los suyos en una ruleta rusa.

Tarde o temprano el país conocerá la “receta” que nos impondrá el FMI, pero hasta que eso ocurra hay varias voces, unas acreditadas, otras que solo quieren ganar “likes”, que avisan que Martínez está de retirada, que está alistando sus maletas y que se muda para Washington. Específicamente, el mimado de los empresarios dejaría el Ministerio de Finanzas para asumir un cargo dirigencial en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

¿Martínez en el BID?

Lo cierto es que Martínez no puede asumir ese cargo, a tenor del artículo 153 de la Constitución que establece que “quienes hayan ejercido la titularidad de los Ministerios de Estado y las servidoras y servidores públicos de nivel jerárquico superior definidos por la ley, una vez que hayan cesado en su cargo y durante los siguientes dos años, no podrán formar parte del directorio o del equipo de dirección, o ser representantes legales o ejercer la procuración de personas jurídicas, privadas, nacionales o extranjeras… Ni ser funcionarias o funcionarios de instituciones financieras internacionales acreedoras del país».

El BID es uno de los principales prestamistas de la era Moreno. Solo el pasado 16 de abril, el BID desembolsó 25,3 millones de dólares como parte de una línea de crédito de 700 millones de dólares.

Por donde se lo quiera ver, la partida de Martínez hacia el BID es ilegal, pero qué les diré. Adelanto que no pasará nada. El señor dejará el país embarcado en un nuevo acuerdo con el FMI y se reirá en su oficina con vista al Capitolio.

Pero Martínez no solo nos deja empeñados al FMI. También deja un Estado famélico, con huecos por todas partes, con miles de servidores públicos echados a la calle y otros miles sin recibir sus sueldos a tiempo. Deja un país con servicios públicos calamitosos, con Gobiernos Autónomos Descentralizados a los que les adeudan más de USD 1.000 millones. Un país con recortes a la Salud, a la Educación Superior, al sector del Ambiente. Deja un país listo para vender todos y cada uno de sus activos productivos a precios de pangolín con Covid-19.

Desempleo

Aunque la cifra por la que siempre se recordará a Martínez será el desempleo. Solo de diciembre de 2019 a junio de 2020, el desempleo pasó del 3,8% al 13,3% en junio de 2020. Mientras que el subempleo, en el mismo período, saltó del 17,8% al 34,5%. Te dirán que la pandemia lo provocó todo, pero sabemos que Martínez ya nos había llevado al borde del abismo, el coronavirus solo nos dio el último empujón.

Uno pensaría que con toda esta hoja de vida, Martínez se iría callado, silbando bajito, pero no. Él se va con la frente en alta porque desde que asumió esta era su visión de la economía. Sectores de la derecha ecuatoriana clamaron por años tener a un empresario al mando de la economía, pues ahí lo tienen, ahí tienen sus resultados. Háganse cargo de sus deseos.

Martínez deja la mesa servida para que un gobierno que piense como él, que tenga las mismas expectativas que él, asuma para cerrar los círculos, para concretar los negocios. Deja un Estado en ruinas para que desde mayo de 2021 sea lo privado. Para que los grandes empresarios tomen las riendas de todo, incluso de los servicios públicos.

Lo raro es que casi de forma unánime los precandidatos presidenciales en Ecuador reprochan el legado de Martínez. Incluso, Jaime Nebot -cabecilla de la derecha conservadora ecuatoriana- califica de “inepto” al Ministro de Finanzas y hasta lo quiere ver enjuiciado.

Solo uno de los candidatos presidenciales alaba la gestión de Martínez, incluso pone a sus asambleístas a defenderlo en el pleno. No es de sorprenderse, ese postulante y el ministro tienen una relación de amistad de años, incluso se rumora que el uno impuso en el cargo al otro. ¿Sabe de quién se trata y por qué es la defensa a ultranza del que ahora se va para Washington? “Yo sí sé”, decía Galo Chiriboga. Y sé que usted también lo sabe, mi estimado lector.

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