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Matar a Dios pero no a Maradona (opinión)

Por: Macarena Orozco / @MacaOrozco3

Maradona se fue un miércoles 25 de noviembre. Apenas asimilaba la noticia cuando vi una ola de comentarios desdeñosos, agresivos y viscerales. Mientras leía los numerosos reclamos y discursos iracundos respecto a la muerte de Diego Armando Maradona, me encontré con dos posibles lecturas de la situación.

En la primera, se observa la imagen del Diego macho, de su violencia a la máxima expresión y su “maldad deificada”. La segunda, apunta a Maradona como el resultado de la dinámica capitalismo-patriarcado (Maradona como el espejo de una sociedad hecha añicos en el que no queremos vernos reflejados).

II

Escuché varias veces el nombre de Diego Armando Maradona en las reuniones familiares y encontré, ocasionalmente, más de un reportaje sobre el “mejor futbolista de la historia”.

En ese entonces me conmovía la imagen de un niño pobre jugando en una cancha de tierra; me conmovía y, de alguna forma, me dolía, porque yo me veía reflejada en esa pobreza.

A veces el hambre es ese lugar común en el que comenzamos a pensar la desigualdad, la conciencia de clase o, incluso, el feminismo. Sin darnos cuenta nos construimos desde el dolor de la precariedad.

Con el tiempo fui haciéndome una idea política acerca de Diego Armando Maradona, pues entendí que no es lo mismo hablar desde el centro que desde la periferia.

Entendí que el fútbol después de él era una cancha silenciosa y esa es una de las tantas cargas que sostienen las manos del tercer mundo. Pero no hablo del niño que salió de la villa y que inspira a otros a salvarse de una vida rodeada de miseria, hablo del hombre que se impuso a la FIFA, hablo del gol del 86’ y de “la pesadilla de los ingleses”, hablo de una guerra que se ganó sin armas y del hombre que estuvo detrás, porque Maradona construyó un discurso desde el sur y fue, en la medida de lo posible, la voz que necesitaba Argentina después de lo ocurrido con Las Malvinas.

III

Diego Armando Maradona pudo ser solamente una máquina de hacer dinero, pudo tener, como ahora lo hacen los futbolistas, una vitrina llena de trofeos, pero prefirió hacerse un discurso libre de luchas a conveniencia.

Cuando reviso y reflexiono las diferentes posiciones políticas sobre la muerte de Maradona, me encuentro con un error anacrónico y otro semántico. En el primer caso, me resulta anacrónico exigirle a Diego un discurso de género con todas las características que rodean a la cuarta ola feminista, entendiendo que el contexto histórico en el que aparece su figura como el mejor futbolista del mundo es completamente diferente al nuestro.

La posición política de Maradona se construye desde el contexto empobrecido de las villas: a menor nivel de educación, menor noción y reflexión sobre problemas sociales y de género.

La educación es un privilegio, así como lo es el desarrollo de ciertos cuestionamientos sobre el género, el cuerpo de las mujeres, la cosificación y la deconstrucción. A mayor nivel de pobreza, mayor nivel de violencia intrafamiliar, mayor índice de embarazo adolescente y como consecuencia mayor índice de conductas machistas.

Con esto no quiero decir que justifico esas conductas y su violencia, pero si busco aclarar que es necesario entender cómo se construyen los discursos y la forma en que estos influyen en lo cotidiano. Entonces, ¿cómo podríamos exigir de Diego un discurso antipatriarcal y de género cuando nosotrxs aún continuamos construyendo- y reconstruyendo- uno que nos abrace a todxs con nuestras complejidades y contradicciones?

En segundo lugar, cuando hablo de un error semántico me refiero a la relación significado/significante.  Que nosotros hayamos hecho de Diego Armando Maradona la referencia más cercana al machismo, la violencia, el exceso y además exacerbemos esa figura, responde a un problema social que debemos afrontar como individuos y también de manera colectiva.

Nosotros hicimos de Maradona lo que quisimos, lo usamos como un objeto en las portadas de revistas y en los noticieros de prensa rosa: suprimimos hasta su última cualidad humana para cosificarlo. Ese también es un uso capitalista del cuerpo.

Es necesario matar al Dios que construimos en función de conceptos machistas y heteronormados; acabar con la naturalización de la violencia, el machismo, la misoginia, las relaciones sexuales con menores de edad, el uso desmedido de las drogas y alcohol para mirar por primera vez a Diego Armando Maradona como un ser humano. Sí, podemos matar a Dios pero no a Maradona.

III

Lo que podíamos exigirle a Diego Armando Maradona, en su momento, lo dio. Quien no quiera verlo está en su derecho. Pero sería justo recordar el silencio político de figuras del futbol actual como James Rodríguez o Neymar.

En Colombia los civiles son asesinados por la policía, los falsos positivos son cosa de todos los días y el narcotráfico y la inflación consumen al país. En Brasil las feministas y la población LGBTIQ+ son perseguidxs, el narcotráfico incrementa en las favelas y la educación sexual se asemeja a una clase de catecismo. ¿Por qué no le exigimos una postura política frente a eso a los jugadores de hoy?

Después de la muerte del 10, nos pidieron inmediatez reflexiva, nos exigieron discursos de odio, y como alguien dijo: “Ahora nos toca pedir permiso para llorar a nuestros muertos”. Me pregunto hasta dónde debe llegar esta necesidad de mirar todo con el mismo par de gafas del género, dejando de lado el tiempo y el contexto.

Me pregunto, ¿qué sucedería si hiciéramos un ejercicio ético de ese tipo en todo y todxs? Nos quedaríamos sin Simone de Beauvoir, seguro, o sin leer a Althusser en las Facultades de Comunicación. Yo me quedaría sin Madonna o las lecturas de David Foster Wallace. Incluso me quedaría sin John Lennon.

Negar a Diego es negar la historia. Negar la historia implicaría borrar ese pasado que nos construyó como sujetxs y, claro, como feministas. Implicaría también ignorar la exclusión y la violencia a la que hemos sido sometidas las mujeres por siglos. Es imposible sostener una lucha sin memoria.

IV

Maradona nos enseñó a matar a los ídolos cuando llega el momento

Quizás deconstruirse sea algún día nuestro puente más cercano a la subversión del sistema. Quizás deconstruirnos nos tome varias décadas y probablemente nos faltará tiempo para romper todo aquello que nos oprime.

Imagino una historia alternativa donde Maradona es humano y no divino. En esta historia, él sería un hombre que llega a los ochenta años y sigue sentado en una silla destartalada en la misma villa en la que nació. Alguien se acerca y le pregunta:

  • ¿Qué piensa usted del futbol?
  • Me preocupan más las mujeres, responde.