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Las mujeres miran las estrellas – Pablo Palacio | Cuento

Pablo Palacio: (1906 -1947) escritor ecuatoriano nacido en Loja. En 1925 se graduó de abogado en la Universidad Central del Ecuador. Desde 1939 empezó a sufrir delirios que lo llevarían al hospital psiquiátrico. Antes de ello se desempeñó como periodista y en el servicio público. Palacio es el pionero de la vanguardia en la literatura ecuatoriana. Entre sus obras destacan Un hombre muerto a puntapiés, Débora (1927), Vida del ahorcado (1932). Falleció en Guayaquil. 

Juan Gual, dado a la historia como a una querida, ha sufrido que ella le arranque los pelos y le arañe la cara.

Los historiadores, los literatos, los futbolistas, ¡psh!, todos son maniáticos, y el maniático es hombre muerto. Van por una línea, haciendo equilibrios como el que va sobre la cuerda, y se aprisionan al aire con el quitasol de la razón.

Sólo los locos exprimen hasta las glándulas de lo absurdo y están en el plano más alto de las categorías intelectuales.

Los historiadores son ciegos que tactean; los literatos dicen que sienten; los futbolistas son policéfalos, guiados por los cuádriceps, gemelos y soleus.

El historiador Juan Gual. Del gran trapecio de la frente le cuelgan la pirámide de la nariz y el gesto triangular de la boca, comprendido en el cuadrilátero de la barbilla.

Mide 1 m. 63 ctms. y pesa 120 lbs. Este es un dato más interesante que el que podría dar un novelista. María Augusta, abandonando el tibio baño, secóse cuidadosamente con una amplia y suave toalla y colocóse luego la fina camisa de batista, no sin antes haberse recreado, con delectación morbosa, en la contemplación de sus redondas y voluptuosas formas.

Juan Gual, sorbiendo el rapé de los papeles viejos, descifra lentamente la pálida escritura antigua.

«Sor. Capitán Gral.: Enterado de que los Abitantes del pequeño Pueblo de Callayruc…»

El Copista, después de un momento contesta: «… de Callayruc»

«estavan mal impresionados con especies que su rusticidad…»

«… que su rusticidad»

Bueno, ¿y qué le importan al señor Gual los habitantes del pequeño pueblo de Callayruc? Lo que a mí el mismo señor Gual.

El cuentista es otro maniático. Todos somos maniáticos; los que no, son animales raros.

Hay que salir y gozar del buen tiempo: gargarismos musicales de los canarios; sombras de las figuras geométricas de Picasso que ensamblan en los cuerpos como una vida en otra vida; muchacha estilo Chagall, que se escarba las narices con el índice.

Pero el hombre de estudio no ve estas cosas: o permanece escarbando en las narices del tiempo la porquería de una fecha o hilvanando la inutilidad de una imagen, o abusando inconsideradamente de los sistemas inductivo y deductivo.

¿Y el copista? ¡Ah! El copista, un mozalbete barbilindo: 20 años, 1 m. 80 ctms. y 140 lbs. Le echaron a perder con el nombre de Temístocles. Ciertas mujeres del señor Wilde no le habrían amado nunca.

A más de historiador el señor Gual prepara delicioso pescado frito. Este pecadillo epicureísta no es extraño. Conozco un ingeniero que guisa admirablemente arroz a la valenciana y un santo sacerdote especialista en el aderezo de legumbres.

«no podía desechar, y siendo casi todos soldados…»

«todos soldados»

De improviso la puerta deja entrar una ancha lanzada de luz.

Las caras se alzan de los papeles.

—¿Quién es? ¿Qué es?

Temístocles se pone colorado.

—Entre, señora.

El señor Gual endereza su pequeño cuerpo y va a besar en la frente a su mujer. Esta mujer, clavando una mirada oblicua en Temístocles, hace de su boca un paréntesis.

Tres datos: el historiador tiene 45 años; la señora del historiador, 23; el historiador se porta un poquito flojo.

«de los que desertaron, cuando me destiné yo…» «… destiné yo»

El señor Gual se recela de besar en la boca a su señora delante del Secretario.

Los reconstituyentes no producen efecto. Tiene que estarse, el pobre, mansamente esperando horas de horas que la potencia sea mayor que la resistencia.

Parece que la historia tiene ese defectillo como efecto.

¡Vaya con el hombre! Si al menos fuera más inocente para enviarle en busca de Los mariscos del señor Chabre…

Todo lo que es más doloroso que mil poemas a la amada muerta y más artístico que las primaveras que ha visto un hombre.

¡Que ni se pueda contar con los mariscos!

¡Señor! ¡Señor!

Las caras caen de vergüenza.

Un hijo del señor Gual es un absurdo.

¿Entonces? Los dedos estirados sobre las mejillas o las manos bajo las barbillas, en una actitud algo así como Rodineana, para evitar que las caras se caigan de vergüenza.

Hay que esperar. La vida es una paralización de espera. Siempre estamos mirando, a la ventana, que pase el buen tiempo. Aguardamos que caigan las soluciones del tiempo mismo. Sentados en nuestras butacas, contemplamos el cinematógrafo de nuestros hechos. Miramos hacia arriba para encontrar la claraboya por donde hemos de salirnos, pálidos y azorados, y ser espectadores del propio drama estupefaciente, si es posible, si la vida lo permite.

Rosalía y Temístocles esperan, atados al cordel del destino, con la cabeza gacha como bestias cansadas.

El señor Gual salta escandalizado.

Estaba el señor Gual esperando lo que siempre esperaba: que la potencia sea mayor que la resistencia, y pretendiendo ayudar a la primera, buscaba la fuerza pasando su mano por la seda del vientre de ella.

Y cuando sintió el resorte de la vida, el señor Gual levantó la mano y el tronco; volvió a sentar la mano para constatar y volvió a levantarla.

—Rosalía… Rosalía…

Ella también ha levantado el tronco y se ha defendido con las manos.

La rabia del señor Gual es la del que ve fructificar lo que es suyo y no poseyó. Tal vez sea igual a la de la madre cuyo hijo se hace soldado e, inversamente, a la de la mujer que parió un muerto.

La rabia le conifica la cara y le hincha los ojos.

—¿Qué has hecho, perra?

Ella siente el escupitajo y le clava la mirada como para partirlo.

—¿Y tú qué has hecho?

—¿Que qué he hecho?

—Sí, ¿qué has hecho?

El señor Gual se traga la conificación de la rabia: él no ha hecho nada y el pecado está en no hacer nada.

El reproche le latiguea el rostro. No ha hecho nada y no debe decir nada.

Siente la soledad sobre él. La soledad que nos da de puñetazos hasta hacernos caer la cara sobre el pecho.

Solo consigo mismo.

Y la soledad trae la amargura, de cara estirada, rectangular, con un raro mechón de cabellos sobre la frente.

Ella tiene razón; pero él también la tiene y la reprocha, con el eterno reproche, delgado como vírgula:

—¡Ah!, Rosalía…

La amargura cae también sobre ella, sacudiéndola de los hombros hasta hacerla llorar.

El señor Gual ha tenido que ir a ver a su copista, traerlo por delante y hacerlo entrar en la casa tirándole de la oreja, como a los chicos.

Aunque Temístocles estaba encogido de vergüenza, ha reaccionado como todo un hombre, endureciendo los músculos. Pero bajo la mirada del historiador ha vuelto a sus posiciones, teniendo miedo a la acusación de los ojos.

El señor Gual le ha hecho sentar en su silla de siempre. Le ha presentado el papel de copia. Se ha separado, cruzando las manos a la espalda. Ha arrugado el ceño al momento difícil.

Gran silencio.

—Vaya, hombre, vaya. Esta mañana ha llovido un poco y anoche he tenido jaqueca. Estaba algo apurado con eso de Jaén y don José Ignacio de Checa, pero no pude levantarme pronto. Ya me tienen un poco cansado estos papeles viejos.

Silencio.

—En fin, ¡caramba! ¡Hay que decirlo francamente y para eso has venido!

El señor Gual se traga algo tan voluminoso que parece una cuartilla de monólogo, y continúa, más difícilmente debido al atragantamiento.

—Eso de la muchacha… ya pasó. En fin, ¡caramba!, qué vamos a hacer… Sólo los perros son fieles… para con los hombres. Sólo los perros: los perros. Silencio.

—Bueno, bueno. Vamos con lo del señor Checa. Estábamos… aquí.

Le tiembla el hilillo de la voz:

«A fin de prevenir cualquiera sorpresa que pudiera perjudicar a mi reputación…»

«… reputación»

Hasta hoy tienen dos hijos.

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