La marea verde, de nuevo en las calles de Quito

«Cuando llegaron ellas
Con sus pañuelos verdes
Resonaron los nombres
De todas las ausentes»

Ismael Serrano

Quito, 28 se septiembre (La Calle).-

-Soy tatuadora ¿tú a qué te dedicas?
– Me gradué de artista visual, pero no trabajo de eso. Es difícil conseguir un trabajo con mi profesión.

Podría ser una conversación casual de dos chicas en una esquina de Quito, pero es 28 de septiembre. En este día recordamos que en algunos países del mundo los derechos no son derechos, se parecen más a un premio que debe ganarse, algo que un grupo de jueces o congresistas (hombres, la mayoría) deben debatir para que se cumpla.

Ese día recordamos que en 2021 en Ecuador, las víctimas de abuso sexual no pueden practicarse un aborto de forma legal.

Una realidad invisible

Cuando no nos gusta algo solemos apartarlo de nuestra vista. Pasa con la comida, los adornos, los muebles. Cuando la realidad en la que vivimos no nos gusta, nosotros apartamos la vista. Sabemos que está allí, pero evitamos verlo. Eso sucede con las cifras de abuso sexual en el país.

«14 menores de 14 años son víctimas de abuso sexual. De ellas siete son obligadas a parir y siete abortan en la clandestinidad», me dice Constanza Narváez del Colectivo Allullas Verdes de Cotopaxi como si recitara la lección de la escuela. Los números con el tiempo empiezan a desgastarse. Son fáciles de asimilar. No así los nombres. No así las historias.

La legalización de aborto por violación no es un capricho. En ese grupo de 14 niñas violentadas, al menos tres son afro o indígenas, cuatro viven en la ruralidad y siete pertenecen a una clase social media baja o pobre.

Muchas de ellas no tienen un proyecto de vida y las posibilidades de repetir el círculo de violencia que viven aumentan.

Líbranos, Señor

«La mayoría de mujeres en mi colectivo son de Latacunga. Somos un pueblo chiquito y siempre existe gente que es curuchupa. Ha sido difícil socializar el tema dentro del cantón», me relata Constanza.

La culpa ¿Qué es y por qué nos asusta tanto? En el mundo andino, el aborto no fue un tema de discusión durante muchos años. La religión, como en casi toda América Latina, es una cruz que llevamos con nosotros. Los grupos católicos y provida suelen tachar de asesinas a las niñas y mujeres que abortan sin conocer las circunstancias. Mujeres y niñas pobres que sufren violencia. Frente a esta balanza están los grupos laicos estatales como la Defensoría del Pueblo que apoyan la lucha a favor del aborto legal y seguro por violación.

Culpa. Un dedo índice colectivo que señala nuestros cuerpos. Una orden. Parirás con dolor para expiar el pecado. El mundo espiritual tapa la realidad inmediata. Una niña violada por un padrastro, un tío, un vecino. Una niña abusada ¿debe cargar esa culpa?

Unidas somos más fuertes

En la marcha, la simbología es importante. El pañuelo verde, el morado. Un cartel potente, las consignas. Dos muchachas se suben al monumento de Isabel La Católica y le colocan el pañuelo en el cuello con un cartel al frente. Un exorcismo para la devota reina que nos dominó 300 años.

«Es difícil socializar y unirnos. El lema de hoy era «Juntas, no divididas». Queremos unirnos con otras colectivas más antiguas, pero es difícil porque ellas manejan la maternidad afectiva y nosotras tenemos la onda del aborto. Eso genera debate entre nosotras», me explica Constanza.

En el mar que es el feminismo no todas pensamos igual. Para algunas el aborto no es un tema que entre en su narrativa, sin embargo, también estamos conscientes del derecho a elegir con más razón si el aborto se realiza por violación. El debate sigue en la Asamblea, dónde un grupo de legisladores/as discuten si vale la pena aprobar un proyecto de ley para este tipo de casos.

Durante la marcha, una niña con los rizos bailando en su cabeza se cruza en mi camino y pienso que vale toda la pena. Salir, marchar, luchar, gritar.

Por nosotras, por las que vienen.

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