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Hebe, en la memoria…| Opinión de Alexis Ponce

Alexis Ponce

Escribo estas cuartillas desde el Ecuador, la tierra que adoptaron como suya Luz Helena y Pedro; desde la tierra de sus desaparecidos hijos: los hermanos Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo Arismendy; desde la tierra de Clorinda Guzmán y su hijo Gustavo Garzón; la tierra de Gloria Infante y su hijo Jaime Otavalo; de Rosita Cevallos y su hija Consuelo Benavides; de Alexandra Córdova y su hijo David Romo; de Vilma Pineda y su hijo Edison Cosíos; la tierra de Elizabeth Otavalo y su hija María Belén Bernal…

Y escribo por Ella, por Hebe de Bonafini, la célebre presidenta de la Asociación de Madres Plaza de Mayo Línea Histórica, quien acaba de fallecer en su / nuestra Argentina, a los 93 años de edad.

El nombre Hebe proviene de la mitología griega: se trata de una diosa femenina que «es la personificación de la juventud». Y Hebe de Bonafini, parida por sus dos hijos, detenidos – desaparecidos en la dictadura de Videla en 1977: Jorge Omar y Raúl Alfredo, fue siempre joven, argentinamente juvenil, la personificación de la juventud en todas sus edades.

Hebe Pastor de Bonafini, polémica y radical siempre, fue quien acuñó las gigantescas ideas – fuerza provenientes de la vida, la angustia, y la lucha: «Todos los Desaparecidos son Nuestros Hijos»; «Las Madres Socializamos la Maternidad»; y «La única lucha que se pierde es la que se abandona».

En el año 2001, mientras ella estaba ausente, dos individuos inidentificados, ligados al gobierno de entonces y a los organismos represores de Inteligencia, entraron a su casa buscándola y al hallar a su única hija sobreviviente, Alejandra Bonafini, la golpearon, torturaron y quemaron con cigarrillos. Hebe, siempre que debía viajar y separarse de Alejandra, sufría y se preocupaba a cada instante por saber de ella. Cuando la conocí, -siempre acompañada de Mercedes Colás de Meroño, «La Porota» (+), otra Madre de Plaza de Mayo, su vicepresidenta-, supe que Hebe debía tomar permanentemente su medicina para la diabetes y monitorear su glucosa a diario. La recuerdo sacando su glucómetro en la habitación del hotel donde las acompañé a alojarse en Quito, su acento tan argentino y su trato tan de mamá, siempre regañándome, mientras «La Porota» me guiñaba mirando al techo hasta que le pase la bronca a la Presidenta de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo.

Hebe, su hija Alejandra (¿qué será de Vos en este día tan largo y de lluvia, y mañana en la mañana del domingo 21, Alejandra?), sus allegados, sus Madres de la Asociación, su grandote local que un día me hicieron recorrer, su librería, su universidad, su periódico, su centro cultural y su radio, siempre fueron objetos de insultos, amenazas de muerte, atentados, operativos, robos y violencia estatal. Hasta que llegó «el Pingüino» Néstor Kirchner al gobierno y la historia en el país de Cortázar cambió de bando. Con los impresentables Menem y Macri tuvo célebres enfrentamientos (al primero lo llamó «basura» -lo cual fue cierto, aunque insuficiente- mientras era entrevistada en España por el querido periodista que también acaba de partir hace poco, Jesús Quintero). Y ya en estos últimos y difíciles años, tuvo ácidas críticas al presidente Fernández.

La recuerdo, mientras la acompañaba desde Quito a Cuenca, donde recibió uno de tantos homenajes, y contarme, como si fuera una adolescente, llena de orgullo y emoción, de la entonces recién instalada Radio de las Madres de Plaza de Mayo, la AM 530, «la de la izquierda». O contarme feliz y emocionada de su programa radial y digital «de cocina y política», cuestionando todo, desde la tecnología y las redes que están desalfabetizando a la humanidad y amenazando incluso la vigencia del lenguaje escrito, hasta la cantidad de envases de leche con que el mercado inunda a la gente para el consumo: deslactosada, descremada, semi descremada, entera, etc. Todo lo cuestionaba, mientras reafirmaba su idea-fuerza (del corazón) más fuerte: «Nos quitamos de nuestros pañuelos el nombre de cada hijo, porque los 30 mil desaparecidos son nuestros hijos».

La desprivatización o desindividualización de lo más sagrado: un hijo o hija, quizás fue lo que más fuertemente me conmovió de Ella, de todas las Madres de Plaza de Mayo.

La recuerdo putéandole de lo lindo a un déspota ministro de educación ecuatoriano, al que se negó siquiera a tenderle la mano: «Con hijos de las mil putas, yo no saludo». No quiso contarme el por qué de su indignación, aunque lo intuía después de yo mismo haber conocido la soberbia enfermiza de ese señor y de otros ministros de cultura y educación ‘del nuevo tiempo’. El individuo, se quedó de una pieza.

Esa misma mañana, en aquel mismo lugar, la Flacso, donde les entregué la bandera de la APDH (Asamblea Permanente de Derechos Humanos) con la frase «Gracias por vivir» a Ella y a mi también inolvidable Estela de Carlotto, la legendaria presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, recuerdo que se puso a disputarle a Estela la bandera que se las dimos a las dositas, mientras el público reía. Hebe decía como niña: «Que le den otra. Ésta me la llevo yo y no hay cómo cortarla en dos». Al final cada una de estas amadas madres y abuelas, y un poco hijas nuestras y nietas nuestras, niñas eternas y jóvenes perpetuas, se llevaron un lienzo cada una del Ecuador con nuestra frase de cajón: «Gracias por vivir».

Porque más allá de sus diferencias, Ella, nuestra Hebe, y mi Estela, y mi otra y eterna Madre, Norita, Nora de Cortiñas, presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, que se alojó en casa cuando mis hijas eran chiquititas y lloraba enseñándome la foto de su hijo, y mi otra Madre Mirta Acuña, con quien bajamos en mulas llevando osamentas de decenas de víctimas, de una fosa común en El Urabá, y la «Porota», todas Ellas son Nuestras Abuelas y nuestras Madres de Latinoamérica y Patrimonios Vivos y Muertos de toda la Argentina.

Hebe dijo en 1982: «Antes de que fuera secuestrado mi hijo, yo era una mujer del montón, un ama de casa más. Yo no sabía muchas cosas. No me interesaban. La cuestión económica, la situación política de mi país me eran totalmente ajenas, indiferentes. Pero desde que desapareció mi primer hijo, el amor que sentía por él, el afán por buscarlo hasta encontrarlo, por rogar, por pedir, por exigir que me lo entregaran; el encuentro y el ansia compartida con otras madres que sentían igual anhelo que el mío, me han puesto en un mundo nuevo, me han hecho saber y valorar muchas cosas que no sabía y que antes no me interesaba saber. Ahora me voy dando cuenta que todas esas cosas de las que mucha gente todavía no se preocupa son importantísimas, porque de ellas depende el destino de un país entero; la felicidad o la desgracia de muchísimas familias».

Hebe ha partido hoy, día nacional de la Soberanía en Argentina. Se va con su polémica manera de ser, con sus puteadas a medio mundo y con sus incondicionales amores sin matices… como madre mismo.

La veo en Caracas, junto a Hugo Chávez (+), en el 2003, admirada de que haya cantado «No soy monedita de oro», canción mexicana que Ella tarareaba por igual. «Es tan diferente y un genio para comunicarse con el pueblo», nos decía. La veo en Quito varias veces, incluyendo la primera, cuando la llamé para invitarla como jurado internacional junto a Rodrigo Carazo, ex presidente de Costa Rica, en el juicio simbólico popular que le hicimos en el 2001 al régimen de Gustavo Noboa y sus privatizaciones. El juicio lo hicimos en alianza entre la APDH y el entonces poderoso sindicato de trabajadores eléctricos que dirigía mi padre, el sindicato financió el pasaje y desde entonces él labró amistad personal con Hebe hasta siempre, y en esta mañana me llamó urgente para contarme, muy conmovido, la noticia.

«Ha muerto Hebe»… yo creo que no. Acaba de nacer otra vez.