Quito, 11 sep (La Calle). – Martes, 09h10. En el exterior se escuchan las detonaciones de los cañonazos. Santiago de Chile está convulsionado. Al interior del Palacio de la Moneda, un hombre intenta, con un último atisbo de serenidad, dar un discurso al pueblo. En su interior sabe que será la última vez que se dirija a los chilenos. Su nombre: Salvador Allende.

“Compatriotas: Esta será aeguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación”.

Traición a la vista

La traición es casi tan antigua como la historia de la humanidad. Desde Bruto entregando a Julio César a una muerte segura, hasta Judas, en la tradición cristiana, vendiendo al maestro por treinta denarios. Esta vez no fue diferente. Augusto Pinochet recibió de Allende el nombramiento como Comandante en Jefe del Ejercito de Chile.

No pasaron ni 30 días cuando, junto con la ayuda del gobierno estadounidense, las Fuerzas Armadas y los Carabineros derrocaron al gobierno democrático e instauraron una dictadura que duraría 17 años.

Un sueño en el poder

Salvador Allende se graduó en Medicina en 1933. Militante en la política desde 1929. En 1933 participó en la fundación del Partido Socialista de Chile. Ocupó los cargos de ministro y senador. Fue presidente del Partido Socialista. Postuló para la presidencia durante tres ocasiones sin éxito (1952,1958 y 1964).

En 1970, Allende se convirtió en el primer presidente socialista en llegar a la presidencia por elección democrática. Aunque el gobierno de Nixon intentó evitarlo dando su apoyo al candidato de derecha Jorge Alessandri.

Mercado vs. El Pueblo

Durante su primer año de Gobierno, Allende ordenó la nacionalización de la Gran Minería del Cobre y la estatización de las áreas claves de la economía chilena. En los años 70 encontramos dos formas fuertes de pensar la economía: la vía socialista y el neoliberalismo de los “Chicago boys”.

En el caso de Chile, el cobre era la materia prima más importante. La nacionalización del mismo significaba la alimentación económica del país y por consecuencia la inyección de capital al Estado. La estatización no agradó a los grandes empresarios chilenos que marcaron la oposición.

Sin embargo, la caída de los precios del cobre llevó a pique el producto interno bruto y empezaron a escasear los productos en el país. La oposición empezó a protestar en contra de Allende. Para ese mismo año, Fidel Castro visitó el país. Castro le regaló un fusil AK-47, arma que veríamos cargar a Allende ese fatídico 11 de septiembre.

La caída

“Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes. quiero que aprovechen la lección”, seguía diciendo Allende por la radio. Le habló al trabajador, al campesino, al estudiante, al chileno que se buscaba la vida.

Última fotografía de Allende con vida

El ataque se prolongó hasta las dos de la tarde. Allende había llegado temprano a Palacio y allí se había mantenido con los pocos colaboradores fieles a su gobierno. A las 14:20, uno de los generales ordenó tumbar las puertas de la Moneda.

Ese fue el final. Allende se rindió. Según el testimonio de uno de sus médico, Patricio Jijón. Salvador Allende tomó el AK-47, ese que otrora le regaló Fidel y se suicidó con un disparo en la barbilla. “Misión cumplida. Moneda tomada, presidente muerto”, con ese mensaje la Junta empezó la dictadura.

El mundo de hoy

En el mundo actual, Allende probablemente se hubiera horrorizado y con justa razón. Los gobiernos de Latinoamérica han fluctuado desde ese 11 de septiembre. Entre la derecha y la izquierda, los pueblos han buscado soluciones a sus problemas en común.

Chile, Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia mantienen gobiernos de derecha, que han precarizado la vida de sus pueblos. Poniendo en primer lugar los préstamos internacionales y sus intereses personales frente a los ciudadanos.

Sí, a Allende le hubiera dado vergüenza mirar la indignación de los que salen a protestar por la violencia policial en Colombia. Esa violencia que torturó a sus compatriotas en la dictadura pinochetista. Vergüenza de saber que existe corrupción en los hospitales públicos en plena emergencia en el Ecuador. No podría soportar que en su país la salud y la educación todavía tengan un alto precio.

“Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen… ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, dijo esa última vez.

Sus palabras viven en todos los que creemos que un día las grandes alamedas se abrirán para dar paso al hombre libre.

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