Hugo Palacios
Hugo Palacios
«El Búho»

Fuiste mía un verano. Y era cierto. Era verano. Y así fuiste mía, mía, miita. Te acuerdas que los dos éramos hinchas a muerte del Leonardo Favio. Después nos llegaron los Silvios, los Charlys García, los Beatles, pero nunca nadie nos estremeció la piel como el Leonardo, como el Favio. Los otros ya nos hacían pensar un poco; en cambio, Leonardo y su música era piel purita, letras con gancho al hígado, voz de tenor de esquina durmiente. Cantar en voz alta una del Leonardo era como gritarle al mundo que ¡qué chuchas!, que el amor en todas sus versiones existe y que, si algunas letras eran cursis, no importaba, que cuando uno se enamora o se despecha las venas se hinchan con letra escrita a mano.

“Fuiste mía un verano, solamente un verano, yo no olvido la playa ni aquel viejo café”. ¿Te acuerdas? Ese cuartito de hotel que valía no sé cuántos dólares, pocos, pero que nos costó andar a pata toda una semana y a punta de cachitos con guitig. Y claro, vos con tu ¿woodman se llamaba?, y Leonardo para arriba, Leonardo para abajo. Ese hotelito de estrella y media a lo sumo, fiel testigo de cómo dos novatos en esas lides hacía lo que podían. Y claro, el fracaso me hincó en la cien. Ocho segundos de entrada y gracias. ¡Qué vergüenza, te acuerdas? Y yo que me trague la tierra y vos tranquilo, ya te recuperarás. Un mes me duró el bajón, pero luego nos recuperamos y era encuentro de campeones, de we are the champions, y un tabaco para celebrar la agonía de eros.

La rubia del cabaret

Ah, y te acuerdas cuando te convertiste súbitamente en rubia, teñida el cabello de do a sol, y yo chumado por la noche, caía a tu casa con el Galo, el de la guitarra con cuatro cuerdas; y te cantamos a dúo: la rubia del cabaret qué linda fue, qué linda fue. Y tu viejo, cabreadísimo, “¡en esta casa no vive ninguna puta y que se larguen antes que los mate guambras de mierda!” Al día siguiente perdón, Don Braulio, nunca más. Y a la noche al cine, a ver una película del Leonardo Favio. Buenísima, puro arte, aunque me quedé dormido a los quince minutos. Muy intelectual para uno que es pura tripa.

Y pasado el tiempo, cuando parecía que ya todo se iba por el caño, que lo nuestro era solo cuestión de horas, de un round para que la batalla termine, de “ella ya me olvidó eehhh, yo, yo la recuerdo ahora”. ¡zas! Que me timbras el teléfono a las dos de la madrugada y que surge una ola que me bañó por completo en medio de la habitación que compartía con mis cuatro hermanos: “…si un barquito de papel que está por naufragar, socórrelo, corrígele el timón, mi amor…”.

Y yo llorando a moco y baba, que gracias y que te quiero mi vida, te amo mi amor, “mi amante niña, mi compañera”; los cuñados tuyos llorando conmigo, como hermanos, así de sentimentales, así de cursis. Y ahí nomás el menor sacó una de caña manaba, y los cinco brothers a chupar como condenados por éste, el favorecido con tus gracias. Y claro, el Leonardo acompañando toda la madrugada: “ding don ding don, estas cosas del amor”.

La felicidad nos tocaba la puerta

Pasaron los días, los meses, la felicidad nos tocaba la puerta al contado y uno agradecía a la vida por hacer de nosotros una ecuación perfecta. Una vez, te acuerdas que fuimos a un baile de la Universidad, y ahí nomás te presenté a los panas, sobre todo al Cuico, mi mejor pana: era más feo el pobre, como si hubiera nacido parado y le hubieran soplado trago en la cara envés de la nalgada respectiva. Pero eso sí, labioso como mercachifle de feria y más chistoso, con él todo era risas y risas. Lo triste vino después, cuando me tuve que ir tres meses al Guayas a ayudar a cuidar a mi abuela enferma que ya estaba a una coma de decir amén. Y cuando volví desesperado por verte, te me hacías la esquiva, la mejor mañana, hoy ocupada, mañana quién sabe.

Terminamos, o me terminaste tú, no me acuerdo. Le disparamos punto final a esta historia que uno soñaba con puntos suspensivos infinitos. Me pegué una chuma de tres días para exorcizar todos los demonios que se negaban a irse. Hasta suero me inyectaron de lo mal que me cayó el amor con sus cincuenta espinas. “Me estoy volviendo loco por tu culpa más que un loco”. Incluso tuve un intento de suicidio. No sé cuántas pastillas me mandé una noche de lo borracho que estaba, pero al despertar en la mañana solo me percaté que había terminado con las mejoral para niños de mi hermanita de tres años. Hasta en eso fracasé.

Pero los panas salvan, curan, le ponen un curita a las heridas. Tanto tiempo sin verles por enamorado, hasta que una noche les caigo al Bar “Las malas compañías”, donde siempre nos reuníamos para, de biela en biela, criticar al prójimo. Por fin asomó el feo del Cuico, con esa cara de apocalipsis perpetuo. A los años sentía esa caricia de la amistad, los dos bebiendo, él por feo, yo por losser. Y ya en medio de la chuma correspondiente que se me pone a llorar el Cuico, que me abraza y me dice “hermano, estas cosas pasan. Perdóname brother, te juro que no fue por mal pana. Yo no quise, ella tampoco pero así es la puta vida. Somos novios con tu pelada”. Y uno se queda con cara de estúpido en cuatro versiones. ¿Con vos? La peor tragedia, me cuerneó y con uno más feo que yo.

El viernes nos casamos

Y lo peor vino después, gancho al hígado con un mazo: “El viernes nos casamos”. Relámpago en la cabeza. Pero… cómo se puede ser tan hijo de… Y sí, sí se puede ser más hijo de…, mucho más; porque en medio de la lloradera me hizo un gesto con su mano en el estómago… ¡Qué! Y preguntándole como sólo un imbécil puede hacerlo en esas crisis: “¿es tuyo?” Ya derrotado como si a la selección le golearan 6 a 0 en el primer tiempo, lo único que le dije mirándolo a los ojos es: “hoy me tomo otro frasco de mejoral”. Y me fui, listo para ser sacrificado por algún vehículo a 80 km por hora que se conduela de mi estado. “Mi tristeza es mía y nada más”.

Pero como uno es generoso en la derrota conversé con ellos, asistí a su boda: Ahí estaba ella “vestida de blanco, pálida y serena, con su paso lento camino al altar. A vos hermano te deseo toda la dicha que hubiera deseado para mí. Abrazos. Que toda la dicha que me fue negada, la virgen María se las dé a los dos”. Que sean felices (aunque en el fondo: ojalá sean unos desgraciados for ever).

Mi venganza

Mi dolor, disfrazado de absurda dignidad, me llegó hasta pasar junto por aquel hotelito de mala muerte que tantas alegrías nos dio. Lo único que pude hacer como venganza fue orinarme en la pared lateral. Y caminé, por minutos, por horas hasta llegar a un karaoke cualquiera. Y me chumé, mientras cantaba las de Leonardo Favio, ante la mirada horrorizada del público presente. 

No recuerdo nada. Y aquí estoy, en la cárcel, acusado de desmanes públicos y con una deuda onerosa. Lo bueno es que mi compañero de celda es un costeño, acusado de triple asesinato, pero amante de la música del recuerdo. Me presta su radio cuando escucho alguna de Leonardo Favio, mientras me recuerda en voz alta que debía haberme vengado, sabotear ese matrimonio o algo, que solo los cobardes dejamos pasar por alto esa humillación: “El Leonardo Fabio sí lo hubiera hecho. ¡hay que ser bien bruto, compadre!

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