Estoy harta de las clases virtuales, señorita Ministra (Opinión)

Hugo Palacios
Hugo Palacios
«El Búho»

Soy Violeta, tengo siete años. Y es un gusto saludarla. Las clases, ¿cómo es que se llaman? Virtuales, en línea, por computadora, por internet, como sea que le digan, me agobia, señora ministra. Y recién voy una semana. Estoy a punto de aprender eso que mi hermana mayor llama “fuga o echarse la pera”. Y recién voy una semana ¿Usted se cree que cinco horas diarias frente a la pantalla es bonito? Si mi mamá, con dos horas diarias padece de estrés, neurosis, ojo seco y gastritis, imagínese lo que una siente.

Esto no es educación, ni clases en línea, señora ministra: es una tortura sistemática mental y física que atenta contra los derechos de los infantes. No se puede someter a un niño a semejante rutina. Le acepto dos horas diarias, cuando más. Suficiente. Pero más de eso es imposible, no hay niño que aguante. ¿Usted le soporta más de quince minutos a su presidente en línea? ¿No ve que es feo? Si siguen con ese ritmo, renuncio a la escuela. Me importa un pito repetir un año. Soy niña, entiende señora ministra, niña. Nosotras jugamos, somos inquietas, traviesas. Nos aburrimos fácilmente frente a la pantalla. No nos pueden pedir que estemos quietecitas como robots en la silla tanto tiempo. No quiero, me niego. Me acojo a eso que llaman derecho a la resistencia, ¡y punto!

Ayer bostecé trescientas veintiocho veces frente a la pantalla. Y la profe, treinta y cuatro. No es justo ni para nosotras ni para ellas. Ni para mamá y papá. Y para colmo, a veces mi internet se pone a jugar a las escondidas; y, para variar, la conexión de internet de la profe no sabe sumar dos más dos. Hay bulla de los otros niños, gritos constantes que de tanto repetirse ya causan chiste: apaguen el micrófono, prendan la cámara, hagan silencio, no se paren, no se duerman, ¿me escuchan?, ¿sí me oyen?, ¿sí me ven? Y la poesía externa: “el gas, el gas”; compro chatarra vieja, cocinas viejas, esposos viejos. ¡Horrible!

Sólo de imaginarme que debo asistir a clases de 8h00 a 13h00 me da unas iras.

He aprendido lo que significa la palabra histeria en la práctica. No aprendo casi nada. Y no es solo culpa de los profesores, pobres ellos, con más trabajo, -sin paga y aprendiendo a ser empáticos frente a una pantalla- sino de todo, de todo. Estar encerrados y tembién pretender que uno atienda las cinco horas de clase -así haya recesos- es una estupidez, con todo respeto, señora ministra. Me olvidé que soy niña. Corrijo, es una cosa fea. No hay cabeza, ni ojos, ni nalga que aguante.

Y eso que soy, como diría mi tía que vive en Tambillo: afortunada. Porque mis cuatro primitos deben racionar el internet y sortearse la computadora y el chulla celular del que disponen. Y eso cuando les llega el internet. Haciendo recargas de seis dólares semanales con esa empresa que roba con una claridad meridiana; ¿cómo es que se llama? Claro u obscuro, algo así.

Finalmente, señora ministra. Hoy amanecí con pesadillas espantosas. Soñé que una pantalla con colmillos me perseguía por toda la casa. ¿Usted debe tener pesadillas terroríficas después de una reunión con sus amigos del gobierno? ¿Verdad? Algo así nos pasa. Lo único que nos falta es que en media clase se nos aparezca ese banquero espantoso que quiere ser presidente y nos salude con un ¡qué…! en versión infantil. Hasta pronto, señora ministra. ¡Ah, y paguen a mis profes!

¡Gobierno de feos!

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