Santiago Aguilar Morán / @literatango

Visto desde la distancia, con el vértigo de las humaredas levantadas por María Paula Romo, Abdalá Bucaram, Daniel Salcedo, el CNE, la Contraloría, en fin, el trujillato en pleno, sin contar con la ineptitud del presidente Lenín Moreno, es difícil reflexionar sobre levantamiento de octubre de 2019.

Pero estamos obligados a hacerlo. El futuro nos exige hallar algunas luces que permitan creer que este país es todavía posible, a pesar de sus políticos. Que haya elecciones y que haya políticos no significa nada. Nuestras razones están allá en las lecciones que los 11 asesinados por el Gobierno en octubre nos dejaron:

Que nuestra esperanza está en la movilización social, viva, indetenible; que los pueblos despiertan y, es más, nunca descansan porque están trabajando todo el día para alimentar a sus hijos; que la calle nos espera para defender en ella los derechos y la vida; que no alcanzan los nombres ni las pequeñas banderas; que el hambre puede más que la pandemia; que la vida se defiende; que una chequera puede comprar muchas cosas pero jamás la dignidad; que tenemos memoria, que no olvidamos a quienes nos violentaron, que no los olvidaremos.

Octubre de 2019 nos dejó lecciones de humanidad, de hermandad de solidaridad que se quedarán en nuestra memoria, la memoria popular. Jamás olvidaremos a los caídos, semilla sembrada en el ya histórico parque que los vio luchar; ni a los jóvenes, hombres, mujeres, niños, que pusieron su amor para alimentar a los manifestantes; jamás olvidaremos las barricadas hechas con la templanza de los cientos de años que vivimos en resistencia; jamás olvidaremos a los culpables de la masacre, a los que prefirieron la deuda, pagar ese dinero manchado con la sangre humilde de los ecuatorianos, en lugar de darle una vida digna a sus ciudadanos. ¡Jamás los olvidaremos!

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