El expresidente ecuatoriano Rafael Correa. Foto: Agencia Andes.
Por: Sebastián Jarrín

El velo anticorreísta.

El lunes asistimos al capítulo final de una muerte anunciada. Los jueces del Tribunal de Casación decidieron ponerle el último clavo del ataúd a Rafael Correa, sin pensar en lo absurdo del caso, o en los precedentes que dejan sentados, o en las consecuencias de años después cuando el caso se resuelva en instancias internacionales. Si algo bueno deberíamos sacar de esto, es despertar. Despertar ante las realidades globales, regionales y nacionales que el velo del anticorreísmo no nos dejaba ver.

Como planeta enfrentamos este año una pandemia que desnudó varios problemas de nuestro frágil sistema – mundo. La opulente desigualdad nos mostró que mientras para unos significó no salir de vacaciones este año, para otros fue morir de hambre y para otros incrementar su fortuna en cientos de millones.

Nos enfrentó además con nuestra mortalidad y nuestra humanidad depredadora, elementos que no podíamos seguir dejando de lado. Existen varios criterios que dicen que la pandemia fue fruto de nuestra destrucción del medio ambiente, nuestras actividades en general han ido destruyendo el equilibrio ecológico y con ello las fronteras naturales entre los virus y nosotros.

El pretexto de la pandemia

Veníamos atravesando además un fuerte proceso de protesta social a nivel global. Bajo pretexto de la pandemia, los Gobiernos han incrementado sus capacidades coercitivas, argumentando que es “por nuestra seguridad”. Sin embargo, hemos visto que esto se traduce en brutalidad, asesinato y tratos crueles, orquestados por la institución de la Policía. Lo vivimos en octubre, pasó en Chile, Francia, Hong Kong, Grecia, Estados Unidos, y ahora Colombia. La Policía es la fuerza de choque del neoliberalismo.

Como región, vivimos el reposicionamiento de Estados Unidos, tras años de que se enfocara en llevar libertad y democracia – léase muerte y opresión – a Medio Oriente, hoy vuelve su mirada a su “patio trasero”, no con la promesa de traer libertad, sino de luchar contra la corrupción con el “uso o mal uso de la ley como substituto de los medios militares tradicionales, para alcanzar un objetivo militar” (pongan en YouTube La Guerra Judicial en Latinoamérica – Lawfare in the Backyard, es genial).

Volvemos a la doctrina “puede ser un hijo de p…, pero es nuestro hijo de p…” dicha por el Presidente Roosevelt como justificativo para apoyar las dictaduras en la región. Hoy tienen a sus peones, Añez en Bolivia, Duque en Colombia, Piñera en Chile, De la Calle en Uruguay, Moreno en Ecuador. Todos cuestionados, todos desgraciados con su pueblo y todos apoyados por Estados Unidos y su institucionalidad internacional – FMI, OEA, Banco Mundial.

La última batalla

La última batalla se está librando por la Presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo – BID que maneja alrededor de 13 mil millones de dólares y su actual Presidente, el colombiano Luis Alberto Moreno ha declarado que será indispensable un Estado presente y regulador en el escenario post COVID. Desde 1960 la presidencia del organismo siempre la ha ocupado un latinoamericano. Trump ha movido sus fichas para que esta vez sea presidente su principal asesor para Latinoamérica, Mauricio Claver Carone. El Gobierno de Moreno vendió su voto a cambio de que Trump presionara al FMI para que nos de un nuevo crédito y que una vez posesionado Claver Carone, llevara a Richard Martínez a trabajar con él.

Finalizado el caso Sobornos, ya no está Correa para chantarle todos nuestros males. Luego de que varios festejaron la sentencia, ahora podrán unirse para reclamar ante el recorte del presupuesto de las universidades, exigir el cobro de más de 1.600 millones de aportes patronales impagos, cuestionar los 41.000 millones de deuda externa y la nula inversión pública – Lenín entregó el otro día 2 casas como gran logro -, indignarse ante el reparto del Estado para frenar procesos de fiscalización.

No hay peor ciego que quien no quiere ver dice el dicho. Pues veamos y veamos bien, porque en pocos meses tendremos que elegir un nuevo Gobierno entre dos opciones claras, dos modelos bien establecidos. Sólo ahí sabremos si la anestesia social en la que hemos vivido 3 años era por el anticorreísmo, o simplemente aceptamos y nos sentimos cómodos con la realidad de nuestro sistema mundo.

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