Por: Sebastián Jarrín

En la era de la tecnología en que vivimos, evitamos hablar de ciertas cosas que se pierden en el ruido de la abundancia de información. En época pre electoral se siente aún más, y en el Ecuador gira en torno al “correísmo” y “anticorreísmo”. Como sociedad tenemos la responsabilidad de salir de ese falso debate si aspiramos a que nuestra clase política y el Estado salgan de la filosofía del #YaQueChucha.

Los últimos tres años de Gobierno nos sumieron en una espiral de decadencia, mediocridad y mentira tal, que nos hicieron pensar que la política siempre fue así. Disfrazaron varias ilegalidades de anticorreísmo y a través de medios sensacionalistas, sesgados y alineados, nos llevaron a hablar “del puente para el narcotráfico (Mataje)”, o de los “USD 70.000 millones robados en corrupción”, o del “Caso Sobornos”, o de “la cámara para espiar a Lenín”. Cosas que serían importantes si fueran verdad.

Para mala suerte de todos, excepto del Gobierno, nos cayó una pandemia, la cual hemos tenido que sobrevivirla en medio de la necropolítica del neoliberalismo: sálvese quien pueda. Fue ocasión también para tenernos ocupados hablando de la corrupción en los hospitales, reparto, venta de medicamentos, la avioneta caída. Estos temas no eran mentira, pero si distractores.

En eso se convirtió el debate político: ver quién destila más odio hacia una tendencia política caracterizada como correísmo; ver hasta donde aguanta el anticorreísmo. Y así nos distraemos y preferimos no hablar de: el creciente trabajo infantil en los últimos 3 años; el desempleo en el 13% y el empleo informal; el no pago de sueldos por la priorización del pago de deuda; la cantidad de muertos en exceso durante la pandemia; el derrame de petróleo en la Amazonía y la afectación del COVID a pueblos y nacionalidades; la crisis institucional del país; tener una Asamblea con 3% de aprobación que legisla en satisfacción y sumisión al Fondo y que se baja a autoridades del Consejo de Participación electos por voto universal; la suspensión de fuerzas políticas de cara a elecciones; la decadencia del sistema judicial que ahora sentencia por influjo psíquico; la amenaza judicial del Secretario General de Gabinete (Roldán) a quienes participen con el correísmo; el obsceno papel de los medios de comunicación como juzgadores y creadores de “la verdad”.

Replico las palabras de un profesor de la Universidad que decía que “el Estado no tiene porque ser parvulario, sino la expresión política administrativa de la sociedad”. El proyecto de la Revolución Ciudadana (RC) fue, en sus inicios, capaz de posicionar las contradicciones estructurales del sistema, capaz de ser esa voz en medio de tanto ruido y decadencia. Eso se ha perdido. En tres años, el “Gobierno de Todos” y todos los que lo han sostenido han sido el mejor mecanismo para mantener a Correa y a la RC vivos políticamente. Pero creo que ahora, el correísmo es quien mejor campaña hace en contra del correísmo.

Traiciones, maniobras políticas y persecución han obligado a RC a únicamente defenderse, perder la iniciativa y caer en el discurso de “los corruptos fueron ellos”. Esto ha significado, sin embargo, caer en ese ruido y ceder en el campo de ideas a discursos tan vacíos como “no soy ni de izquierda ni de derecha”, o “soy de centro radical”, o “soy apolítico”.

Si bien sabemos que los corruptos fueron ellos, RC debe recuperar el protagonismo y eso solo lo hará proponiendo ideas claras, no exaltando una década, que por más maravillosa que haya sido, queremos saber qué haremos en el futuro con los problemas presentes. Además, colocando en el debate temas sobre los que no hablamos más, pero si queremos hacerlo, dejar de ser ruido para ser revolución.

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