El gran poeta ecuatoriano que se llevó el COVID – Opinión

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Aminta Buenaño Rugel

Una de las cosas, entre tantas que voy a lamentar cuando se termine este año 2020, año de la peste, es la precipitada muerte del gran poeta ecuatoriano Rodrigo Pesantez Rodas.

Rodrigo no murió porque quiso, lo dejaron. Anduvo como miles en la procesión de las clínicas y hospitales, llamando como tantos a un inútil 911, buscando desesperadamente atención médica. No la encontró, no se la dieron. Tenía 83 años, era viejo. Y como se sabe, como suele suceder, en épocas de crisis se elige, quizás inconscientemente, a los que tienen más chance de vivir: los jóvenes. Pero aquí, en estas líneas quiero dejar constancia de que Rodrigo quería, ansiaba vivir porque aún tenía mucho que decir, mucho que escribir; aunque es verdad, había escrito bastante, muchísimo.

Era un surtidor, una fuente inagotable, su vena poética. Tanto que no solo produjo más de quince importantes libros de poesía, sino decenas de obras de crítica literaria, investigación y ensayo, decenas de antologías en las que resaltaba el trabajo literario de sus pares. Fue gestor cultural, promocionador de las letras del Ecuador en nuestro país y el extranjero; profesor de literatura en la universidad de Guayaquil por más de cuarenta años en donde sembró en miles de sus alumnos  el amor por la lectura y la literatura; también fue profesor de destacadas universidades europeas y norteamericanas como Columbia y Minneapolis y ganador del premio internacional José Vasconcelos en México con su libro, de más de 400 páginas, “Poesía Cósmica” en donde daba a conocer, en ese vasto desierto del desconocimiento de los poetas ecuatorianos en el mundo, a los más destacados vates del país. En 1962 su poesía “Denario del amor sin retorno” obtuvo el importante premio de poesía Pérez Pazmiño del Diario El Universo.

Rodrigo vivió, amó, escribió, murió

Rodrigo vivió, conoció el amor, tuvo dos hijas, estuvo casado con la genial poeta quiteña Ana María Iza a la que dedicó a su muerte esta “Carta sin final”, de la que resalto unas líneas: “Ya no estás con nosotros/ Ana María,/ la del pedazo de nada/ y los papeles asustados;/ la que incitó a sacar el corazón/ con sus fusiles/ a matar la miseria en las esquinas;/ la que vistió sus labios/ de música y sonrisas/ para que en su garganta los geranios cantaran;/ la que luchó con sus sordas batallas/ a las que hoy ha vencido/ desde las trincheras de su poesía.”

Si estuviera viva también Ana María habría escrito: “Ya no estás con nosotros Rodrigo” y nos hubiera conmovido. O sus compañeros del grupo Nosotros, de la generación del sesenta, Humberto Salvador, Adalberto Ortiz, Euler Granda, Hugo mayo, Rosa Borja de Icaza, también hubieran dicho algunas palabras despidiéndolo. Porque todos lo querían (queríamos) por su espíritu alegre y generoso, por esa franqueza que atravesaba paredes y acuchillaba hipocresías.

Dicen que después del peregrinar por clínicas y hospitales, se fue a su casa en donde vivía solo, se despidió de sus hijas que vivían en Quito y se acostó a morir con una resignación bajo protesta. Que en los últimos momentos en los sueños que preceden a la muerte se le apareció su adorada madre como un ángel y con ella hablaba hasta que el último suspiro lo abandonó. Seguro que fue una muerte feliz porque su madre formaba parte del santuario personal y amoroso de sus recuerdos. Seguro que lo consoló como cuando era niño. Seguro que tuvo una buena transición y eso al menos, conforta.

¿Cómo era Rodrigo?

Rodrigo era delgado como un lápiz, transparente como la espuma, desarraigado de la multitud de los chécheres que hacen de la vida una rutina. Solo vivía para y por la poesía. Era un caballero andante de las calles de Guayaquil, un quijote de las letras, un llanero solitario de la literatura ecuatoriana.

Lo recuerdo vestido con su indumentaria clásica la guayabera blanca, el infaltable sombrero de paja toquilla y bajo el brazo, como si fuera un arma, un par de libros.

Pareciera que habla de él la descripción del Quijote: “Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro”. Así era, igualito, y necio, nunca hizo caso de las voces que le decían “que la poesía no se vende”, que “no es comercial”, que es la “gran cenicienta de la literatura”, que “son malos tiempos para la lírica”. Cultivó como un labriego la poesía por más de 60 años, desde 1961 en que publicó su primer libro titulado “Sonetos para tu olvido” que constaba de doce sonetos. De allí para adelante no dejó de escribir ni publicar con denuedo y de investigar porque atesoraba las bibliotecas, los incunables, los libros raros y complejos para mostrarnos una “Visión y revisión de la literatura ecuatoriana”, para escribir “Panoramas del ensayo en el Ecuador”, para realizar estudios históricos, estilísticos y críticos sobre la “Vanguardia en el Ecuador hasta el 50” que lo llevó a rescatar un documento valioso de nuestra literatura, la revista Motocicleta del revolucionario poeta Hugo Mayo; para revalorizar con antologías a sus pares, con una generosidad, solidaridad y justeza con sus compañeros de artes nunca vista; sin esperar ninguna regalía, ni siquiera la normal compensación de la gratitud manifiesta.

¿Cuáles son los valores de la poesía de Pesántez Rodas?

Rodrigo tiene una poesía honesta, auténtica, impactante en sus aciertos poéticos. Comulga con la confesión de fe de Rubén Darío cuando este en “Voces profanas” afirma, que “Ser sincero, es ser potente”. La poesía de Rodrigo Pesántez es potente, nacida de sus entrañas, de sus vísceras, en la que uno de sus recursos literarios es el uso de la ironía, el humor y el sarcasmo como arma para desestabilizar, para asombrar al lector.

El uso sabio de esta ironía, de la burla antisistema, de la crítica al establishment, el empleo de la risa como una fuente liberadora, como una catarsis convierte en un goce estético su poesía. Se ríe incluso de sí mismo. En una de sus poesías afirma que los gusanos van a hacer arroz con pollo con su cuerpo. Y en Indisciplina, asegura, que habrán de verlo en el juicio final muerto de risa. Pasa de lo solemne y elevado a la cháchara, a la burla, a la despiadada risa

Trata la cotidianidad con soltura, con desenfado, la desnuda, la desacraliza. Es el arquitecto de lo diminuto, de la belleza de las pequeñas cosas, de lo ligero, liviano y fugaz.

“Me gustan las alfombras viejas, / los platos rotos, / las agujas desgastadas, / los discos rayados/ y los recuerdos que ya no estremecen. (Mis golosinas)

Su poesía brota del lenguaje onírico de los sueños, a veces filosófica como “La llave” en que el yo poético se coloca frente a la muerte y el misterio de la eternidad. “Lo único que puede redimirnos es la poesía” sentencia Pesantez Rodas y con esta idea vuelve a hermanarse con el pensamiento de Darío quien creía que “Solo el arte puede salvarnos”. Y de manera indirecta con ese gran poeta norteamericano Walt Whitman cuando reclamaba que “No dejemos de creer que la palabra y las poesías pueden cambiar al mundo”.

Poesía que comunica

Su poesía tiende puentes, comunica al lector, informa emociones, sensaciones como un rayo, como un chispazo que conecta inmediatamente con nuestra sensibilidad. Nos asombra con sus despiadadas verdades, nos apabulla con el uso filudo de la ironía, nos emociona con la belleza de las imágenes (El tren lleva vagones de paisajes rodantes), deja sembrada en nosotros el toque poético que logra a través de originales metáforas que se arman como un rompecabezas, como una repetición, como un juego, como una forma de romper con la lógica que explota con acierto:

 (La poesía no es palabra/ es la palabra/ que sube a veces cuando la cuesta al/ amor nos cuesta.

Rodrigo Cultivó la poesía libre, los antipoemas, los sonetos, epigramas, elegías, cartas. No le importaba el recipiente, pensaba que: “El poeta no escoge ni los metros ni los ritmos. La poesía viene con su propia indumentaria”.

Federico García Lorca decía que la poesía no necesita adeptos, necesita amantes. Y Rodrigo fue un gran poeta a quien la poesía se le daba fácil, se le entregaba como amante enardecida por su enorme y profuso talento; cuando suele ser tan mezquina, tan obtusa y arisca con otros.

El 2 de abril del año en curso se marchó como si nada, atravesado por los ríos de las muertes y los ataúdes sombríos, preso de las tinieblas oscuras que nos apuñalaban el alma. Todo fue rápido, pocos días, una gripe, problemas pulmonares, asfixia y luego el gran silencio, el vacío.

Homenaje

El 28 de noviembre de este año pudimos rendir un homenaje a su trayectoria literaria. Lo organizó ese maravilloso Festival de Poesía Paralelo Cero que dirige el poeta Xavier Oquendo y que pone en valor y resucita a nuestros grandes vates para escarnio del olvido, estuvimos Maritza Cino, Santiago Grijalva, Xavier Oquendo y yo. Lo recordamos, leímos sus poesías y nos alegramos de que pronto saldrá una gran antología del Ángel editor, titulada “Los pasos del tiempo” con la más excelsa poesía de Nuestro caballero de la triste figura, triste por nosotros, porque nos dejó; porque él fue una persona alegre y entusiasta hasta el final.

La escritora Siomara España también le dedicó unas bellas líneas publicadas en el libro Ataúd en llamas de la escritora y periodista quiteña Gabriela Ruiz, quien fuera su maestro y mentor en el difícil oficio de la poesía, y el mes de febrero pasado la Universidad de las Artes, en uno de los últimos actos públicos del bardo, lo homenajeó en vida, le entregó una placa y el poeta derrochó humor y anécdotas literarias ante un público encantado.

La honestidad de las palabras

Este poeta, honesto con la vida, consecuente con sus principios y con su compromiso con la literatura, fue también un luchador social desde la palabra dijo en una entrevista: “Creo en la unidad de América sobre todo en aquella en donde las pequeñas diferencias nos unen cada día. Creo en la universalidad del hombre en su búsqueda de paz y solidaridad. La unión no se afianza en los nombres ni en los membretes, sino en la cultura de una sociedad hecha para servir al hombre y no al hombre sirviente de una sociedad”, (Espéculos, revista literaria de la Universidad Complutense de Madrid, 201.)

El poeta se nos fue, nos quedó su palabra. Porque también Rodrigo Pesántez Rodas puede decir como el poeta griego Odysseas Elytis: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra…”

Poesía

Mis Golosinas

Me gustan las alfombras viejas,
los platos rotos,
las agujas desgastadas,
los discos rayados
y los recuerdos que ya no estremecen.

Y también
la piel de los elefantes,
la arruga de las corbatas,
los dictadores chiquitos
y las flores de la azucarera.

También el río
cuando suena y piedras trae,
porque entonces es cierto que te acercas
al pan con queso de mis realidades.

Los Paréntesis

Frente al espejo
mi alma
se afeita,
se pinta
se pone los calzones
y estornuda.
Yo independiente de ella
me acomodo
los dientes,
me estiro las orejas
y afino la guitarra
de los sueños.

Juntos los dos
nos vamos agarrados de la vida:
ella con su bastón de plumas
y yo con este loro desplumado.

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