Quito, 16 años (La Calle).-Para los ciclistas domingueros, la avenida Galo Plaza Lasso, al norte de Quito, es una especie de acertijo. Para quienes la van a escalar, los que han superado los sectores de la Mariscal e Iñaquito, se muestra como un ascenso de unos cuatro kilómetros. El volcán Cotopaxi, a las espaldas, parece interesado en participar.


“Vamos hasta el siguiente puente”, se escucha decir a un joven. Sus palabras nacen por debajo de un pañuelo, que de inmediato, sube hasta la altura de su boca.
La fe en el descanso anima a estos deportistas que hacen visible su cansancio en las puntuales pedaleadas. A su lado, circulan peatones con perros grandes y pequeños, corredores fibrosos y caminantes de pasos distraídos, mientras el costillar azul del cielo ya parece cargado de granizo.

Entre la intersección de la Capitan Ramón Borja y la Nicolás Urquiola, la Galo Plaza se torna una resbaladera descomunal y sin parque. Ciclistas y corredores aprovechan la leve cuesta para adquirir velocidad. Cruzan como mosquitos gigantes, con sus camisetas al viento y es que al mando de una bicicleta, todos parecerían rejuvenecer, hasta aquellos que lucen canas blancas, tan blancas, como las de un Cotopaxi pintado a tiza.

Sorteando sombras y claridad, la vida se muestra amable en un domingo de ciclopaseo.

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