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Ecuador, país que asesina a sus mujeres – Opinión

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Aminta Buenaño
Aminta Buenaño

Ecuador, país que asesina a sus mujeres. Por Aminta Buenaño

VIVIR EN ECUADOR DA MIEDO

Vivir en Ecuador duele. Da miedo. Salir a la calle, caminar y encontrar que de pronto un tipo te sigue. Dizque es un piropo, pero te sigue para escupirte un montón de obscenidades, para abrir el cuarto oscuro de su mente podrida. Estar atenta en el bus al manoseo, en el taxi al secuestro. Temer la violación, el asesinato. Estar siempre atenta. Cuidar todo el tiempo de tu hija o tu nieta, porque en la escuela o a la salida de ella o en el mismo hogar pueden abusar y destruir en minutos su vida.

 Abrir un periódico o las redes sociales, escuchar la radio o la televisión y encontrarse de golpe, brutalmente, con el horror del espanto: con las noticias de niñas y mujeres violadas (a veces bebés), golpeadas, torturadas y asesinadas (No “fallecidas o muertas”, hay que hablar claro, como eufemísticamente dicen algunos medios) por maridos, exesposos, padres, amigos, amantes, conocidos, etcétera. Una noticia que es tratada como algo normal de tanto que se repite, como un hecho común y cotidiano que a nadie altera, porque mañana será “periódico de ayer”; y, aquí bien gracias, no ha pasado nada.

El sistema judicial y la policía en complicidad criminal miran para otro lado, no les interesa, no hay prisa. La negligencia y la impunidad son los dos lados de una misma medalla cuando no hay “estímulos” de por medio; son los familiares de la víctima que iniciarán la larga procesión, el vía crucis, que seguramente, a falta de dinero, no los llevará a ningún lado.

FEMINICIDIOS Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN

En el caso público del asesinato de Adriana Camacho y su hijo Santiago de cinco años por su conviviente Erik O.; luego de encontrar al asesino confeso el 24 de febrero del 2019, la justicia demoró 288 días (diez meses) para realizar la Audiencia de Juzgamiento y cuando se la realizó, la pospuso para otra fecha. Y eso que este es un caso con presión pública, ¡Ay, qué será de las otras hundidas en el silencio! Y muchos de los casos de feminicidio ni siquiera son reconocidos como tales.  Ayer leí un meme que decía: “Leyes hay, lo que falta es justicia”.

Los hechos criminales contra las mujeres son solo rentables para los medios de comunicación, ellos le sacarán partido con sus noticias sensacionalistas en donde no faltará el detalle escabroso del hecho violento. “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que una se acostumbra,” escribía Simone de Beauvoir.

Son noticias sabrosas para los consumidores del horror diario, de aquellos que dicen “felizmente no me ha pasado a mí”; sabrosas para los que sienten un extraño y placentero morbo por los crímenes y ultrajes contra las féminas, tranquilidad de consciencia para los que golpean diariamente a sus mujeres, porque es “así como se hacen las cosas en mi país”, “parte de la costumbre diaria, de la idiosincrasia de la gente”, “así aprenden las mujeres a respetar”. La antropóloga argentina Rita Segato sostiene que “el público es enseñado a no tener empatía con la víctima, que es revictimizada con banalidad y espectacularización”.

SISTEMA JUDICIAL ALIENTA IMPUNIDAD

Parece que las mujeres en una sociedad hipersexualizada cada vez vamos perdiendo ciudadanía, los elementales derechos humanos que reclamamos y estamos más expuestas a vivir la perpetuación de las agresiones. Y cuando se conocen estos casos aberrantes de “setenta puñaladas” o “amputación de miembros” o “asesinatos salvajes”, la sociedad con todo su ropaje institucional tuerce la nariz y justifica: “es que son enfermos”, “psicópatas”, “locos”, “dementes”. No, señores, son hijos bien sanitos del machismo, criados y amamantados por el patriarcado. Alimentados con el biberón de la impunidad.

Ecuador es un país en donde se asesina impunemente a sus mujeres, un país que permite que la negligencia y la falta de celeridad se regodee sobre las víctimas. Que no hace nada y cuando lo hace es a cuenta gotas y por presión ciudadana. Las instituciones judiciales, como la Fiscalía, son muy ágiles para atender asuntos políticos y muy perezosas para hacer valer el derecho a la vida de sus ciudadan@s.

Que cuando las víctimas reclaman las re victimizan, las avergüenzan, las hacen sentir culpable porque “ella fue la que lo provocó”. ¿Por qué salió sola a la calle? O ¿por qué se vistió de esa manera? ¿Por qué actuó así y no de otra forma? Ella misma se lo buscó. No era una chica “decente”. Las mujeres deben justificarse, sentirse culpables, tener vergüenza, quedarse calladas porque “calladitas se ven más bonitas”; porque somos mujeres, herederas de Eva, causantes del pecado original.

AUNQUE PEGUE, AUNQUE MATE, MARIDO ES…

Porque la cultura que vivimos es patriarcal, machista, generadora de una violencia aberrante contra millones de mujeres. Porque nos niega el derecho a una vida de paz, de igualdad y de dignidad. Y lo peor, hay poco deseo de cambiarla. Porque nadamos en preceptos, en ideas, en una educación decimonónica que aún ve como normal que el hombre sea el marido propietario, dueño absoluto de la vida y el cuerpo de sus mujeres e hijos; por eso algunos se creen en el derecho de matarlos o de violar sus cuerpos cuando les plazca.

El paternóster cultural que aún está presente en el imaginario colectivo. Porque hasta las canciones nos hablan de eso. Recordemos la letra de “El Preso número 9”,  que justifica el feminicidio; otra canción que es una elegía al machismo “Mi propiedad privada”, y cientos de melodías que nos hablan de decepciones amorosas y traiciones de mujeres, melodías cortavenas que unidas al consumo de alcohol pueden ser lesivas para la integridad física y emocional de las parejas; porque la música perpetúa los roles y estereotipos sociales discriminatorios, los modelos sociales de desigualdad; penetra en la psiquis de una manera arrolladora, casi asintomática.

Ecuador es un país que bajo los códigos lingüísticos del “aunque pegue, aunque mate, marido es”; “los trapos sucios se lavan dentro de casa”; “en peleas de marido y mujer nadie se debe de meter”; “porque te quiero, te pego”, pone un velo de negligencia criminal sobre los abusos y asesinatos que viven miles de mujeres, y la indiferencia, el quemeimportismo y la normalización de la violencia, mata; así como el silencio estimula al criminal.

LA CIDH SANCIONÓ AL ECUADOR POR ABUSO SEXUAL

Las cosas se salen de casillas. Tan es así que nuestro país tuvo que reconocer ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos su responsabilidad por la desidia y la ineficiencia de la Justicia en el caso de la niña Paola Guzmán que se suicidó en el 2005 tras sufrir abusos sexuales y ofrecer reparación e indemnización a su familia, por no prevenir estos actos de violencia; que, no obstante, se siguen cometiendo y que durante el gobierno de todos han recrudecido y aumentado hasta límites indescriptibles. Porque hay cientos de casos como el de Paola que florecen como mala hierba ante la indiferencia y la impunidad.

Ser mujer en un país como Ecuador es nacer con un inri, con una gran desventaja, es ser carne de cañón ante vejámenes y ultrajes y encima sufrir la re-victimización de un sistema de justicia machista

El feminicidio es un crimen de odio. De odio hacia las mujeres, solo por el hecho de serlo. Es el poder de la misoginia en todo su esplendor. Es la manifestación más brutal de violencia. El hombre cree que el cuerpo de las mujeres le pertenece: Si no es mía no es de nadie.

 El cuerpo de las mujeres es tratado como un objeto, una cosa desechable, un territorio para conquistar, mancillar y destruir.”

MENTALIDAD QUE JUSTIFICA ODIO

 Decía el psiquiatra español Luis Rojas Marcos que “esta ansia irracional de dominio, de control sobre la otra persona es la fuerza principal que alimenta la violencia doméstica entre las parejas”. Pero tenemos que reconocer que en todos los ámbitos de la vida, pública y privada, hay una mentalidad social que justifica las acciones de odio contra las mujeres, que dizque su asesinato es algo que ella provocó con sus acciones. Es la cultura machista con los roles impuestos a los géneros y la distribución injusta del poder entre ellos.

Y cuando las desgracias pasan demasiado cerca porque le ocurre a alguien que tú conoces o que son parientes de tus amigas, el vómito es aún mayor.

EL CASO DE CRISTINA BALCÁZAR Y SU BEBE

Esto he pensado al leer sobre el asesinato de Cristina Balcázar y su bebé, uno más entre los cientos que desfilan por una fiscalía cómplice, negligente e inepta. Un asesinato hecho con saña. Con alevosía, con odio. Con ventaja y premeditación por cuanto la víctima estaba en completa situación de vulnerabilidad. Llevaba en su vientre un embarazo de ocho meses de alto riesgo, que cuidaba con esmero y delicadeza. Cristina era una chica de 37 años, joven, guapa, feliz, muy sociable. Estaba muy contenta por el hecho de ser madre.

Para ella había ocurrido un auténtico milagro en su vida, pues los médicos le habían pronosticado hace unos años que nunca podría gestar por serios problemas de salud y aquello le había producido una honda tristeza de la que se repuso con la noticia. Vivía flotando de alegría a la espera del nacimiento de su hijo, todo parecía trascurrir con normalidad hasta la fecha. Había podido contar ya ocho meses de gestación y en el proceso era acompañada por su familia, pues se había separado del padre de su hijo.  Desapareció el 25 de noviembre pasado, irónicamente cuando se conmemoraba el Día Internacional contra la Violencia hacia la Mujer.

En esos cuidados de la espera había acudido puntualmente temprano por la mañana al Centro médico a realizarse los chequeos periódicos. De pronto se hizo humo, no contestaba al teléfono ni al wasap, nadie daba noticias sobre ella. Con su abrupta desaparición sus familiares enloquecieron, la buscaron por todos lados, no se explicaban su ausencia, pues ella era muy comunicativa y locuaz, e informaba de todos sus pasos a su familia. Pusieron la denuncia en la fiscalía. Después de 12 días de desesperante búsqueda la encontraron en un terreno baldío, en el kilómetro 7, de la vía a Quinindé. Había sido torturada salvajemente con el bebé en su vientre, maniatada de pies y manos, enterrada parcialmente. No se respetó su estado, no hubo compasión. ¿Hasta cuándo estas historias se repiten?  Las mujeres en Ecuador no merecemos esto.

EL CASO DE ADRIANA CAMACHO Y SU HIJO SANTIAGO

Adriana Camacho Bermúdez era una chica espectacular y divertida de 36 años, trabajaba en el Municipio de Guayaquil, era muy emprendedora. Comunicadora de profesión, había estudiado en la Mónica Herrera, comunicaba especialmente con su sonrisa y con su buen humor que atraía a la multitud de amigos que tenía. Era el alma de las fiestas, vital y emprendedora, capaz de sacar un negocio propio de la nada. Estaba divorciada del padre de su hijo quien vivía en España. Tenía un hijo de cinco años, se llamaba Santiago. Era un amor, todo sonrisas y dulzura, una sonrisa ancha y blanquísima en la que los ojos se le hacían chinitos, quería ser bombero cuando grande. Atormentaba a su abuela con sus deseos, a Patricia Bermúdez se le caía la baba por ese chiquitín que le sacaba sonrisas con sus divertidas ocurrencias.

Adriana cantaba en karaoke, tenía pelo negro abundante y era muy carismática. Muy apegada a su madre y su pequeño hijo a quien había inculcado su contagioso sentido del humor. Eran felices, hasta que apareció el depredador Erick O. en sus vidas que sedujo con engaños a su presa a quien robaba y vio como proveedora de sus ansias monetarias. Cuando esta se dio cuenta de la trampa y quiso poner fin a la extorsión la mató envenenándola en terrible agonía un lunes de carnaval del 2019 y no satisfecho con este crimen procedió a hacer lo mismo con la vida del pequeño Santi.

El delincuente está preso. Hay el peligro de que el caso pueda quedar en la impunidad, ya que si la debida Audiencia de Juzgamiento no se da en el tiempo justo, antes de que se cumpla el año de prisión preventiva, próximo a vencerse en poco más de dos meses, el asesino de Adriana y Santi, saldría libre y sin sentencia.

IMPUNIDAD SE RESUELVE CON JUSTICIA

Los casos de Cristina y su bebé (#justiciaparaCristinaysubebe) y de Adriana y el pequeño Santi (#JusticiaParaAdrianaYSantiago), son uno más de los casi 900 casos que registra el Ecuador desde que el feminicidio fue tipificado como delito el 14 de agosto del 2014. Y no llama la atención en un país en que cada 72 horas se registra un asesinato de odio contra las mujeres. Seis de cada diez mujeres han sufrido violencia de género; 1 de cada 4 mujeres ha sufrido violencia sexual, en su mayoría en el ámbito intrafamiliar; el embarazo preadolescente, entre diez y catorce años, aumentó en un 78% en los últimos diez años, según datos del INEC; y las tres primeras causas de suicidio en mujeres jóvenes de diez a catorce años son las depresiones causadas por violencia, embarazos precoces y relaciones amorosas, (CNNA).

Todas estas cifras de impunidad podrían ser cambiadas si hubiera la voluntad política para ello; pero no la hay, más bien hay incumplimiento del gobierno del Presidente Lenin Moreno con la Constitución actual que garantiza una vida libre de violencia a las ecuatorianas y que recortó ilegalmente el presupuesto de algunas instituciones públicas cuyo objetivo era cuidar de las mujeres y las niñas, aunque estaba garantizado en la Ley para Prevenir y Erradicar la Violencia Contra las Mujeres, presentada por el mismísimo Presidente Moreno y aprobada por la Asamblea Nacional en el 2018.

Un país que no ejerce una justicia pronta ni repara a las víctimas, que no fortalece los sistemas de protección, es un país cómplice del asesinato de sus mujeres.

Habría que gritar, junto con otras mujeres: “En este país yo no muero, a mí ME MATAN”.

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