Ecuador, está roto – Opinión

Aminta Buenaño
Aminta Buenaño

Hay una filosofía japonesa que surge de recomponer o reconstruir objetos rotos. En Occidente cuando algo se rompe, cristales, copas, amistades o relaciones, se piensa que lo roto, roto está y que jamás volverá a ser igual. En el país de los cerezos en flor, la filosofía del kintsugi, dice lo contrario, que aquello que está quebrado, lleno de cicatrices puede volver a unirse, pegando con polvo de oro los fragmentos, rehaciéndolo y exhibiendo con orgullo sus cicatrices, pues muestran una historia, un pasado con profundidad, unas grietas que por experiencia y heridas se han trocado en sabiduría. Que lo roto puede ser aún más bello porque ha adquirido un don valioso que se llama resiliencia. Y convierten en obra de arte el dolor, como en la alquimia.

Ecuador está roto, muchas tragedias han pasado en muy corto tiempo. En un estrecho y doloroso lapso hemos vivido el peor periodo de nuestra historia, en donde se ha abandonado al pueblo a merced de unas inhumanas y nefastas políticas neoliberales, fomentadoras de pobreza y desempleo, en donde lo único importante es el dinero. La gente es solo número, estadística; rostros invisibles, incorpóreos y desechables, que a veces se convierten en carnicería (como en las cárceles) ante el rostro indiferente e impasible de las autoridades responsables para quien parece que la vida vale muy poco.

LA VIDA NO VALE NADA

Quizás una de las cosas más tristes de recordar, entre tantas, es el desinterés por la vida, la destrucción de lo social, sobre todo el abandono en la salud. El hecho increíble de que en pandemia no hubo presupuesto (declarado por una ministra que renunció), cuando en todos los países del mundo esa era la prioridad. La política oficial y genocida del estado de privilegiar el pago a los acreedores internacionales, en plena crisis, sobre la salud del pueblo; algo inexplicable si extrapolamos el Estado a una familia. El perdonar las deudas a los que más tienen, mientras el SRI persigue y se ensaña contra los pequeños empresarios y el ciudadano común con multas e impuestos. El gobernar para unos pocos muy conocidos, en detrimentos de la gran mayoría. Eso rompe, destroza, hace añicos la credibilidad de cualquiera.

Solo basta recordar la película de horror en la que el Ecuador se ha convertido: los muertos en las veredas de Guayaquil, las fosas comunes en Pascuales, los pobres enterrados en cajas de cartón; las decenas de familias aullando de dolor por los cuerpos extraviados de sus familiares en los hospitales, los asesinatos sanguinarios en las cárceles que no inmuta a la policía bajo el descontrol del gobierno, los miles de muertos por la pandemia que sigue creciendo en contagio exponencial hasta haber convertido al Ecuador de hoy en uno de los países que mayor número de muertos en exceso tiene por la pandemia. Los negociados nunca resueltos con las medicinas en las instituciones de salud, el abyecto reparto político de los hospitales por parte de la ministra de la muerte, el fértil y macabro negocio con la pandemia que aún no ha terminado.

EN EL PAÍS DEL SÁLVESE QUIEN PUEDA

Y así vivimos la política del “sálvese quien pueda”, de que “el tiene que morirse que se muera”, “el que no quiera morirse que se quede en casa” y “el que no puede quedarse en casa porque tiene que trabajar (casi todos) que asuma las consecuencias”. Como si viviéramos en el medioevo en donde frente a la peste solo cabía la contemplación, la oración y el miedo.

La muerte acecha a cada esquina, inclusive teniendo todos los cuidados.

Ahora, con las nuevas cepas, el virus no solo mata a adultos mayores, mata a niños y a menores de veinte años. Nadie está a salvo.

Y lo último el mayor descaro es atribuir todo el peso de la responsabilidad a los ciudadanos. Como si fuéramos amnésicos y no recordáramos que, meses atrás, el cuestionado Ministro de Salud declaró fresco ante la prensa que se esperaba la inmunidad del rebaño. Es decir, en palabras simples: la estrategia era esperar que nos infectemos todos como salida a la crisis sanitaria.

Hay un corrillo de frailes hacendosos en Carondelet que manejan las ridículas cifras de vacunas que el gobierno importa, distribuyéndolas, alegremente, entre amigos, familiares, políticos y conocidos. En silencio total, sin respetar la Ley de Transparencia. Vacunas compradas con el dinero de todos. Una vergüenza que ya no los afectan porque están por irse. Mientras tanto muere gente, se acumulan los cadáveres en las funerarias, los hospitales rebosan de enfermos y no se encuentra ni una sola cama disponible en UCI, ni siquiera en las clínicas privadas.

No se puede negar también que hay ignorancia e irresponsabilidad en mucha gente. Falta de educación y conciencia. Esa convicción de “a mí no me va a pasar”, esa gruesa capa de estulticia que nos hace inmune a temores y tribulaciones y que atenta contra nuestra propia vida y la de los demás. Pero también, no se diseñó ninguna política de contención social; tampoco, una de comunicación constante de educación sanitaria como debe ser en situación de crisis, pues en nuestro país hay mucha gente que ignora.

También es verdad que los principales fomentadores en el último feriado de carnaval para que la gente salga fue el COE nacional y los provinciales que incentivaban al desplazamiento ciudadano, declarando libre movilidad en carreteras y vías, abriendo playas y estimulando un “turismo interno sin descuidar medidas de bioseguridad”. Y ya sabemos lo que eso significa para alguna gente.

EL ÚNICO CAMINO: LAS VACUNAS

La verdad es que el único camino de salvación, la única estrategia posible, es la importación agresiva de las vacunas, pero ya hemos visto el comportamiento de algunas autoridades.

La nueva gestión. Una acción plausible, frente al descarado y grosero comportamiento oficial y falta de transparencia con respecto a las vacunas, es el pedido de los Municipios del país para hacer con prontitud lo que no hace el gobierno. Saludamos la aceptación que hay a esta solicitud. La política salubrista urgente debe ser vacunar al mayor número de gente, en el menor tiempo posible. Ojalá que se pueda realizar, sin que exista desviaciones, manejos turbios, negociados o privilegios tan temidos como descorazonadores.

Lo último es esperar que el candidato ganador, cualquiera que sea, maneje lo más rápidamente posible la crisis sanitaria y salve al Ecuador.

El Ecuador ha caído tan bajo, tan hondo, con el increíble exceso de muertos por Covid y la carnicería en las cárceles, que solo nos queda levantarnos. Repararnos, reconstruirnos. Estoy convencida que nuestro maltratado país, como en la técnica del Kintsugi, sacará de todo este período una enseñanza, abrirá los ojos, reparará las heridas, reconstruirá una nueva realidad con un voto consciente, seguro y responsable que nos dé un nuevo destino y nos llene de esperanzas.

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