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Ecuador: el “país donde aspirar a ser feliz es una canallada” | Opinión

por Alexis Ponce
Defensor de derechos humanos

La frase es de Joaquín Gallegos Lara, y tras un 5 de febrero digno, a los tres meses vuelve a emerger en memorioso cuestionamiento estructural debido al catatónico “confort” sin zona delimitada que la sociedad demuestra ante la barbarie.

El Ecuador es un país cuyas realidades y noticias más sobresalientes cada día son: cuádruple asesinato de Chérrez, autor y testigo potencial de narco-corrupción de un presidente y su círculo más cercano; bolsonariano porte de armas como gigante cortina de humo, con todo y tuit canallamente escrito por ese mismo presidente; amenazas de muerte contra periodista que denunció el caso “Gran Padrino” y su familia; amenazas de muerte y exilio obligado de otra periodista; multitudinario éxodo de ecuatorianos por el arriesgado tapón del Darién; ola de violencia y de asesinatos diarios, secuestros, ejecuciones espantosas, vacunas masivas, femicidios y desapariciones forzadas y bajo engaño; sin que el Estado y en el centro el gobierno ejecutivo, actúen: por vez primera en un siglo se devela no sólo incompetencia gubernamental sino ineptitud de clase (la élite parasitaria que vive a costa de 15 millones de ciegos, sordos y mudos), mientras aparecen indicios evidentes de mafialización de la fuerza pública y de la “mexicanización” de la justicia, la fiscalía y los aparatos armados del Estado.

Y, por contraste, se informa como cosa natural, el aumento de las ya de por sí escandalosas ganancias del banco Guayaquil y la destrucción (premeditada) de los servicios públicos y del fin social del Estado: salud, seguro social, jubilación, educación, carreteras, registro civil, instituciones, empleo, alimentación diaria reducida, bancarrota de tantos, desigualdad, injusticia social, etc. Pero mi aldea no es París incendiada. Teme y detesta más a las protestas que el vil estado de cosas.

Y más me llama la atención, por la total impunidad de la clase media y su absoluta ausencia de autocrítica, de las personas de carne y hueso, con nombre y apellido, que votaron por este señor, y que no se responsabilizan hasta hoy en lo absoluto, de lo que ahora significa haber votado por un banquero, por total desconocimiento de lo que significa el propósito de la banca y del capital especulativo y parasitario.

Cada uno de ellos, mientras no reaccionen, me recuerdan a la sociedad alemana de los años ’30, que votó por Hitler y los nazis solamente por un patológico odio ideológico a la izquierda, sociedad que se hizo la pendeja cuando empezó la primera gran masacre silenciosa y olvidada: el exterminio de cientos de miles de Tahisítas, niños y adultos con Discapacidades graves y de los pacientes terminales como Nelly, y los pacientes con enfermedades mentales. Ante ese primer crimen callaron en nombre de un repugnante individualismo social y con la anuencia masiva de la atrocidad.

El lassismo como élite delincuencial se alegra de tanta ignorancia y cobardía. Y de que se vayan los ecuatorianos huyendo del país que un día tuvimos: no son vistos como familias ni seres humanos sino como remesas. ¿Me comprende usted?

El Ecuador desconoce por completo el ejemplo del pueblo italiano que un día despertó, con miedo natural sí, pero con la fuerza arrolladora de su voluntad para parir y movilizar el primer movimiento social masivo anti-mafia; ergo: anti-gobierno.

Sólo las universidades y uno que otro sector disidente han sacado la cara por la dignidad del país ante la infame bolsonarización decidida en el porte de armas, que la enfermiza élite lumpen de la sociedad aplaude.

“De toda la política, sólo entiendo una cosa: la rebelión”, escribió Flaubert. Y Marx escribió: “Un pueblo que se indigna (para insurreccionarse) es un tigre que se agazapa y salta”.

‘Ni Flaubert ni Marx son ecuatorianos’, responde la piara.

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Protestas civiles contra la mafia en Palermo, Italia / Foto: Sicily Mag

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