Ivette Celi Piedra
Ivette Celi Piedra

A propósito de la conmemoración del Día de la Resistencia Indígena, el pasado 12 de octubre, varias organizaciones sociales realizaron “intervenciones” a monumentos y esculturas representativas de la invasión española y la Colonia. Este hecho no solamente se observó en ciudades como Quito, Cuenca o Machala, sino en otros espacios urbanos latinoamericanos e inclusive europeos.

Este tipo de acciones nos lleva también a recordar los incidentes que provocaron, en Estados Unidos, el asesinato del ciudadano afroamericano George Floyd de manos de la fuerza pública meses atrás; y que tuvieron como respuesta social el derrocamiento y destrucción de esculturas de personajes históricos, ligados al tráfico de esclavos en Estados Unidos y Europa. O la arremetida de las colectivas feministas contra varios símbolos históricos de la Ciudad de México; incluido el edificio de la Comisión de Derechos Humanos durante las protestas en contra de la violencia de género y el femicidio.

Ya no llama la atención observar a agrupaciones sociales manchar de pintura, vestir o destruir literalmente monumentos que han perdido su vigencia como bienes históricos simbólicos; o atentar contra espacios identificados como patrimonio cultural. Cada vez más las voces disidentes de organizaciones sociales, activistas y colectivos han debido recurrir a estrategias más agresivas para lograr la atención de las autoridades; que poco o nada hacen por la defensa de los derechos fundamentales.

Un poco de historia

La iconoclasia, o la destrucción de las imágenes, término que proviene del griego bizantino eikonoklástēs (εἰκονοκλάστης) significa “rompedor de imágenes”, no es una acción contemporánea. A lo largo de la historia de la humanidad la guerra de las imágenes, como lo llama Serge Gruzinski, ha sido parte fundamental de las luchas por el poder, la cultura y la sociedad. Desde el siglo VIII las disputas por las imágenes sagradas marcan hitos históricos importantes.

El Cisma de Oriente dio paso al resquebrajamiento del imperio Bizantino y el conflicto irreconciliable entre Constantinopla y Roma. Siglos después, la Reforma Protestante liderada por Martín Lutero, también atacó la producción visual religiosa; que paradójicamente en América se fortaleció con la conquista y la introducción del barroco español.

El proceso de aculturación y transculturación del indígena americano también tuvo su marca iconoclasta. La invasión española eliminó todo rastro visual de los símbolos de la cosmovisión indígena reemplazada con el dogma católico, a través del uso persuasivo de la imagen. Ya en el siglo XVIII el barroco americano también sufrió las consecuencias de la imposición borbónica del neoclásico; y posteriormente las luchas independentistas transformaron la fisonomía de las ciudades con la imagen republicana.

El patrimonio como construcción social

El acercamiento al concepto contemporáneo de patrimonio cultural debe partir de un análisis crítico y reflexivo de los procesos históricos, que han constituido modelos de apropiación de símbolos materiales e inmateriales de la sociedad. Para ello, hay que establecer recorridos que nos ayuden a reflexionar sobre las interrogantes del por qué; cuándo; dónde y para qué de la función del patrimonio cultural.

Esto tiene que ver principalmente con plantear una interpretación sobre causas y efectos; que han dado lugar al establecimiento y transformación de políticas públicas para el reconocimiento, protección, conservación y salvaguarda de aquellos valores que nuestras sociedades toman como representativos para el fortalecimiento de sus identidades. Pero también evidencia cómo, gradualmente, la institucionalización de dichas políticas también genera procesos de exclusión y desigualdad social; como mecanismos de elitización en la identificación, apropiación y disfrute del patrimonio.

El carácter del patrimonio cultural es en sí mismo una construcción social que, desde el enfoque de la antropología, deriva de la interpretación de símbolos, elementos, formas de existencia material y organización social de grupos que lo componen. De este modo, situaciones de efervescencia colectiva desencadenan procesos de significación que inclinan a la sociedad a proteger o destruir lo que por diversos motivos le resulta valioso o simbólico, instituyendo esa idea paradójica de “propiedad”.

La guerra de las imágenes

En su libro “La guerra de las imágenes: De Cristóbal Colón a Blade Runner” (1990); Serge Gruzinski hace un recorrido por la producción visual americana; especialmente mexicana, poniendo en evidencia el permanente esfuerzo de las élites por implantar un orden visual determinante en la construcción hegemónica de la identidad.

De hecho, el colonialismo se nutre de todo un proceso que empuja ideales libertarios patrocinados por poderes hegemónicos, que se sostienen sobre un discurso civilizatorio. Por eso, la cimentación de ideales nacionales se recrea a través de la construcción de la historia común; de la creación de la imagen unificadora y de la implantación del concepto de patrimonio que es definido por las mismas estructuras de poder.

Esto supone la cristalización de un orden social que se fortalece culturalmente gracias a la utilización de recursos visuales del pasado que, en muchos casos, se desprenden de sus propios contextos; son utilizados como materia prima para la creación de imaginarios que diluyen o tergiversan otras realidades.

 De Isabel La Católica a la lucha popular

A decir de Gruzinski “La condenación vehemente de la iconoclastia reafirmó la sacralidad de la imagen, viniese de donde viniese, y el principio de un cierto orden de cosas”. La condición simbólica contemporánea que hace uso de las imágenes históricas para reivindicar las luchas populares, es parte de esa nueva facultad de lo patrimonial. Mientras más vejadas sean las políticas sociales; mientras más grandes sean las brechas sociales; más simbólico será el acto de aniquilación de la imagen pública, esa que representa la opresión y la esclavitud.  

Entonces, el concepto contemporáneo de patrimonio cultural debe manejar un enfoque desde lo social a lo material y no viceversa, aceptando las formas en que las sociedades construyen su propia percepción de la herencia cultural; no solamente ligada al uso, sino también al imaginario entre la relación de lo posible y lo inexplicable.

Las intervenciones a las imágenes coloniales en nuestras ciudades, solo dan cuenta de la transformación política y cultural de la sociedad. No son hechos aislados. sino activaciones colectivas regionales que ponen de manifiesto la necesidad de repensar las formas de reconocimiento de lo propio y de lo extraño. Una percepción simbólica que muta y se transforma de acuerdo a los cambios generacionales; y a las exigencias de una comunidad desplazada por las estructuras de poder.

Es tan significativa la intervención sobre la escultura de Isabel La Católica en Quito, como lo es el retiro de la marca país o de la escultura de Kirchner de UNASUR por parte del gobierno de Moreno. La primera desde el ejercicio de la acción popular y la segunda desde la iconoclastia del poder.

La guerra de imágenes

En definitiva, la guerra de las imágenes permanecerá activa mientras no exista un verdadero pacto social; que permita que las manifestaciones colectivas sean escuchadas y atendidas, y mientras el odio manifestado en la pugna de poderes sea más importante que el interés de las grandes mayorías. Siendo así, no será necesario el retiro de monumentos o el cierre de repositorios de memoria; porque habrá la posibilidad de lograr nuevas interpretaciones críticas de esos mismos símbolos del pasado.

Las imágenes y la huella material de la humanidad permanecerán, aún cuando nuestra presencia en este planeta termine.

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