Oswaldo Albornoz Peralta (1920 – 2020)

En el año 85, en pleno febrescorderato, resulta difícil publicar algo nuevo. En enero me escribe: “Parecía, como te dije, que el año anterior se iba a publicar algunas cosas mías. Desgraciadamente sólo se publicó un pequeño artículo sobre Alfaro.

Algunos de los otros han quedado para este año, esto si aparecen, pues de dos solamente hay seguridad. Pero en cambio han surgido algunas posibilidades para otros que quizá se hagan realidad. Debido al costo actual de las impresiones resulta casi imposible la publicación de libros, siendo mucho más fácil la publicación de trabajos de veinte a treinta páginas en algunas revistas únicamente. Te daré mayores detalles cuando algo se formalice.”

Siendo ese año el 90 aniversario de la Revolución Liberal puede publicar en el semanario El Pueblo “una serie de artículos, que por su índole periodística son necesariamente cortos”. En esa carta, fechada en mayo, me comenta que “Se me ha reproducido el artículo “Sobre algunos aspectos del problema indígena” que ya conoces, así como el trabajo sobre Dolores Cacuango, este último en un libro publicado por la Universidad de Guayaquil sobre la mujer.”

En carta de febrero del 86, el último año de mi estadía en Bulgaria, hace una síntesis de sus más recientes publicaciones: “de mis trabajos no hay mucho que decir. En el año pasado me publicaron solamente algunos artículos en revistas, algunos de los cuales son reproducciones de otros anteriores, como los referentes a Dolores Cacuango y a Eloy Alfaro. Nuevos se publicaron dos: uno sobre la necesidad de interpretar nuestra historia desde el punto de vista marxista y otro sobre los vínculos históricos entre Nicaragua y el Ecuador. El primero en un libro que contiene varios trabajos sobre historiografía ecuatoriana y que fue escrito hace más de dos años, y el segundo en Anales de la Universidad Central”.

También me cuenta que “Este año se va a publicar el pequeño trabajo que tenía sobre Montalvo y su pensamiento sobre el socialismo y los trabajadores, pues se halla ya en prensa y he corregido las pruebas, razón por la que creo que saldrá en uno o dos meses más”. Además escribe en esa carta que “hay casi la seguridad de que se editen en un solo libro la historia del movimiento obrero y las luchas indígenas, pues este es el gusto del editor y a mí tampoco me parece mal. Sería la segunda edición del primer libro y la tercera del otro”. Ese proyecto no llegó a concretarse por dificultades económicas, quedando como recuerdo en su archivo personal el machote del libro que nunca llegó a imprimirse.

Ahora, pasados tantos años que vuelvo a revisar todo lo que me escribía, me surge inevitablemente la pregunta ¿Cuánto hubiera producido en beneficio de la cultura ecuatoriana y latinoamericana, con el inmenso caudal de sus conocimientos, si en lugar de trabajar a lo largo de cuatro décadas en el “tonto trabajo” que por necesidad lo hacía, si al contrario hubiera tenido las condiciones para dedicarse exclusivamente a la investigación científica y a la publicación de sus resultados?

Por su inmenso esfuerzo desplegado, entre los justificativos para conferirle el doctorado Honoris Causa en la Universidad Central se destacaba que “Merece especial reconocimiento conocer que todos esos trabajos fruto de su capacidad y talento de Oswaldo Albornoz, fueron elaborados sin contar con ningún apoyo económico proveniente del Gobierno o instituciones nacionales e internacionales, lo que enaltece su mérito científico.”

A mi regreso de Bulgaria, en diciembre del 86, de confidente epistolar de su producción intelectual, me fui convirtiendo poco a poco en su secretario ad honorem, para pasar a máquina primero y en computadora después todo lo que escribía a mano en sus cuadernos. Así me convertí también en el primer lector de su obra y luego en editor y buscador de posibilidades concretas para la publicación de sus importantes trabajos.

Siempre estuve convencido desde entonces que si algo importante he hecho en mi vida precisamente ha sido eso, llevar a la versión mecanografiada o digital los manuscritos que su envidiable inteligencia producía. Y luego golpeando puertas, generalmente de amigos y colegas vinculados con instituciones académicas o culturales, buscar la forma de publicar sus libros o artículos para que su invaluable aporte a nuestro patrimonio intangible no corra el riesgo de quedar archivado y perderse para la noble tarea de divulgación y esclarecimiento de nuestra realidad social que se había impuesto a lo largo de la mayor parte de su vida, desde los 23 años cuando empezó a publicar sus primeros artículos periodísticos en Surcos, hasta los ochenta que le fue dado vivir físicamente, para prolongar su existencia en todo lo que ha dejado escrito.

Hago un ejercicio de reminiscencia para reconstruir en mi memoria la dura y difícil trayectoria que tuvo que recorrer a lo largo de su vida, para convertirse en el historiador del pueblo, como con afecto lo llamaban quienes valoraban cada escrito suyo, que como rayo caía en sus conciencias para quitarles velos artificiosamente colocados en sus mentes por la historiografía oficial, la que malintencionadamente se difunde para ocultar lo que las élites dominantes quieren que no se sepa.

Y en esos recuerdos imborrables está ese lugar especial en donde había generado todos sus escritos: su selecta biblioteca, la que pacientemente había empezado a construir desde sus juveniles años de profesor normalista en un rincón de la lejana provincia de El Oro. Todavía recuerdo esos primeros libros de la editorial Thor, sobre las obras de los grandes pensadores, que había comprado con sus primeros sueldos en la única librería que había por esas lejanías, la de Zaruma. Desde entonces fue acumulando tantos libros, conseguidos en librerías y anticuarias, hasta sobrepasar los diez mil reunidos con esa ansiedad propia de los intelectuales que juntan todo lo que quisieran leer como si fueran a ser inmortales.

Recuerdo su biblioteca ‒en la que siempre hubo un pequeño espacio para los libros que nos compraba a sus hijos‒ como uno de los sitios más acogedores de las casas arrendadas en que vivimos durante años en el centro de Quito, hasta trasladarnos, a inicios de los setenta, a la casita de la Rumiñahui que pudo hacer suya como afiliado del IESS.

Sus libros al fin habían encontrado un lugar definitivo. Y con la urgencia de darle a cada uno su lugar, empezó él mismo a construir su estantería, con las habilidades de carpintero aprendidas en las manualidades de su colegio normal Juan Montalvo. Sus tres hijos cargábamos las tablas del aserradero más cercano a la casa, unas cuatro o cinco cuadras, y le ayudábamos, cada cual de acuerdo a sus destrezas, a llenar de filas y filas las paredes de lo que comúnmente tenía que ser una sala, y terminó siendo la mejor biblioteca del barrio.

Este espacio, el más grande de la casa, para literatura internacional y uno de los dormitorios para su estudio y la literatura nacional. Posteriormente construyó en el patio trasero el que sería por casi dos décadas su rincón favorito: la biblioteca de autores nacionales y de marxismo, con su escritorio, donde pasaba al menos tres horas diarias escribiendo todo lo que tenía pendiente.

Recuerdo como del 87 al 2000, los últimos trece años de su vida, iban saliendo profusamente de su pluma libros sobre temas que ya había escrito anteriormente artículos de distinta magnitud e iba profundizando en el asunto: Ecuador: luces y sombras del liberalismo (1989), Simón Bolívar visión crítica (1990; u otros nuevos temas como Cartas del General Eloy Alfaro (1995), Eugenio Espejo (1997), José Peralta, periodista (2000), El 15 de Noviembre de 1922 (2000).

Y los que quedaron inéditos: Las compañías extranjeras en el Ecuador (2001), Páginas de la historia ecuatoriana (2 tomos, 2007), Actuación de próceres y seudopróceres en la Revolución del 10 de Agosto de 1809 (2009), Ideario y acción de cinco insurgentes (2012), Influencia del marxismo y de la Revolución de Octubre en los intelectuales del Ecuador (2018), publicados en los años indicados entre paréntesis.

No dejó de escribir hasta ese último julio con que concluía su siglo. Sus letras finales fueron un capítulo sobre la formación del latifundio ecuatoriano que quedó inconcluso y el discurso de agradecimiento por el doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Central del Ecuador. Muchos otros temas, que tenía anotados en un cuaderno, sobre los que se proponía escribir cuando les llegue su momento, jamás serían iniciados.

Para concluir, un aspecto que no quiero dejar escapar es el que se refiere al método de trabajo que aplicaba en su actividad intelectual. Cuando en mis afanes de estudiante universitario ‒febrero del 82‒ le pedía consejo en una de mis cartas, me recomendaba esto que, según me confiaba, a él le daba buenos resultados: “Sobre el método de investigación, sobre el cual me pides que te aconseje, te puedo decir muy poco, pues sabes que yo no soy tan metódico que digamos, desgraciadamente.

Y lo digo desgraciadamente porque lo considero muy necesario y porque ahorra mucho trabajo. Lo que más hago –y esto me ha servido mucho‒ es subrayar lo que me interesa de cada libro. Sería bueno que al final se anote en un cuaderno lo fundamental de lo subrayado señalando la página, pues que me parece que hacer un resumen lleva tiempo y a veces eso no va a servir de mayor ayuda. Ya sobre asuntos concretos, como es el caso mío con lo de los ministros, se debe elaborar fichas.

Y ya para iniciar algún trabajo específico, se debe hacer un plan lo más bien trazado posible, indicando el material bibliográfico o documental que puede servir para cada uno de los capítulos, y si se encuentra alguna laguna, procurar investigar al respecto y llenarlo de la mejor manera posible. A veces, ya en el trabajo, este mismo te sugiere las formas de resolver los problemas.” Y acerca del enfoque científico para el análisis de la realidad ecuatoriana escribió un sustancial artículo más o menos por ese mismo tiempo, sobre su método predilecto, el extraído del marxismo.

Ahora que en mis labores de docente universitario leo en libros de connotados autores extranjeros esos sonoros nombres que las ciencias sociales utilizan para diferenciar campos del saber de las tendencias actuales o de las últimas décadas ‒ sociología histórica, historia intelectual, historia de las ideas, historia de los grupos subalternos, de los excluidos, de los marginados, de las luchas populares, etc.‒, o de aquello que desde los años setenta empezó a llamarse en nuestro medio la nueva historia, no puedo dejar de sentir orgullo que él, mi padre, fue pionero en todo eso, lo practicó profusamente y abrió sendas por las que muchos otros científicos sociales caminaron posteriormente. De eso y mucho más, fue precursor en las ciencias sociales ecuatorianas.

Hoy que se cumplen cien años de su natalicio, eran esas algunas de las cosas que quería compartir, quizás para evitar que se pierdan en los recovecos de la mente. Rendirle homenaje así y describir con ese pretexto, como se forja en las duras condiciones del Ecuador, un intelectual comprometido con las causas populares que, para poder decir sus verdades, nunca hizo compromiso con ningún poder que hubiera podido empañar sus ideales.

Cuando tuvimos que escoger una frase para su epitafio, a finales de noviembre del 2000, coincidimos en que no podía ser otra que aquella que tantas veces le oímos decir cuando conversábamos y que dejó impresa en uno de sus libros: Si unos callan, otros deben hablar. Eso es lo que hemos pretendido hacer, decir sin indecisiones, pero con pruebas, lo que nos parece ser la verdad. Ese fue su compromiso con la vida y lo plasmó de la forma más estética que pudo en cada uno de sus escritos.

César Albornoz
8 de mayo del 2020

Lee la primera parte aquí.