Por Daniela Rizzo / @loinquieto

Debo admitir que este es un libro que compré porque amé su portada. La vi en una librería y pensé: esto me va a gustar. En la portada puedes ver una casa de ladrillos vista desde la calle. En la tercera planta de la casa está un niño rubio mirando por la ventana. Y también se puede apreciar el sótano de la casa. Un lugar oscuro en donde podemos descubrir a otro un niño, una maceta con flores y un simple foco de luz.

Compré el libro por la portada pero también porque algo más me llamaba la atención: esta es una novela sobre migración, Europa, Siria, la guerra y niños.

La historia se narra desde dos perspectivas. Un niño estadounidense llega a Bruselas porque su padre ha sido transferido a un alto cargo diplomático. Por el otro lado, un niño sirio llega a Bruselas como refugiado luego de perder a toda su familia a causa de las bombas en la guerra de Siria.

Ambos tienen en común llegar a Bruselas con desconcierto, dudas y miedo. Cuando sus vidas se juntan, nos damos cuenta de que no son distintos. Son personas que ríen, lloran y tienen sueños. Su amistad es tan sencilla y honesta que nos da la idea de que no existen grandes conflictos, solo existe falta de empatía.