Estudiantes de la Universidad Central protestan contra el recorte a la educación. FOTO: PSO/La Calle.

Ivette Celi Piedra / @ivetteceli

Las vergonzosas acciones de la clase política ecuatoriana, en los últimos meses, solo corroboran que Ecuador vive en un estado de corrupción, desregulación y desinstitucionalización al extremo alarmante.

La pandemia no solamente ha puesto en evidencia la precariedad de los servicios de atención social. También ha destapado alianzas, negocios, amarres y torcidos que dan cuenta que nuestro país está muy lejos de tener una institucionalidad fortalecida y garantista de derechos.

Mientras se recomponen los grupos de extrema derecha ligados a la ola de corrupción política en la que vivimos; la violencia, la intolerancia y las desigualdades cobran víctimas mortales cada día.

Solamente con ver las cifras de femicidios en lo que va del año (93 en 2020), se demuestra que ni el discurso pro-vida, ni las homilías ultra-católicas y menos ese feminismo de clase que aparentan ciertas actoras políticas, han logrado superar, al menos un poco, las brechas de desigualdad de género, que en la actualidad son un abismo.

Mientras la segunda autoridad nacional asume con total normalidad las criticas sobre su anhelado viaje al Vaticano, una mujer muere cada siete horas víctima de la violencia de género.

Cuando la ministra de gobierno reconoce que utilizó bombas lacrimógenas caducadas y exacerbó el uso de la fuerza pública, causando mutilación de órganos oculares a ciudadanas y ciudadanos por proteger una supuesta democracia; cada día, agentes municipales violentan, destruyen y roban los pocos recursos de supervivencia de los comerciantes informales.

Ecuador resulta para muchos ser una hacienda con capataces, gamonales, patrones y terratenientes que hacen y deshacen a su antojo, porque piensan que la tierra les pertenece, y con ella los obreros, los sirvientes, sus hijos y los hijos de sus hijos.

Hablamos de un saldo colonial que en los albores del bicentenario de las “independencias” no ha logrado ser superado y ahonda con mayor desengaño los problemas de pobreza, exclusión y xenofobia.

Para ellos, la ciudadanía es una ilusión que continúa postergando derechos, pero que se materializa solamente para captar la atención del voto en tiempo electoral. El descaro de la clase política, no tiene límites.

Hoy no sorprende ver al candidato banquero junto a sus coidearios socialcristianos “chuchear” en su campaña anticipada. A falta de propuestas técnicas y viables para reducir las desigualdades y superar la crisis económica.

El colonialismo nos sigue pasando factura, los recursos de campaña se siguen resolviendo con acciones populistas que acentúan la discriminación y la violencia. Para la clase política, el discurso de la interculturalidad es retórico y continúa siendo utilizado para folclorizar la diversidad. No busca entenderla en sus justas dimensiones.

Esa folclorización hace que reproduzcan ideas arcaicas como aceptar que a la población le interesa la bendición del papa. Que, si es pobre y se tiene a la mano un trago, la vida queda resuelta.  

Vivimos en un tiempo en que los políticos tienen que fingir que no lo son. Intentan cambiar de piel, hacen payasadas, aparecen en programas mediocres, tratan de mimetizarse con las clases populares incluso poniendo en riesgo su integridad y la de otros.

Pero al fin del día normalizan la violencia y negocian con cada espacio de poder que les represente sostener sus privilegios. Lo peor, se regodean de aquello.

Sin embargo, no han tomado en cuenta que la participación social y el poder popular están en las calles. Que la incertidumbre sobre el anhelado futuro acrecienta el miedo y la inestabilidad, pero existe un ejercicio comunitario que va más allá de las subjetividades políticas.

La pandemia ha demostrado que las posibilidades de la solidaridad y de la supervivencia colectiva sí logran romper con la tragedia de los comunes. Las redes de acción comunitaria, los colectivos sociales, las militancias barriales seguramente tendrán más protagonismo en la demanda legítima de derechos.

Las élites políticas deben poner mayor atención a las transformaciones sociales. Seguramente se fortalecerán luego de esta crisis sanitaria, y tendrán que cambiar sus formas de hacer política. Hay un hartazgo social que repudia las dinámicas demagógicas de campaña.

Allí tanto asesores como comunicadores políticos tienen la tarea de lograr conectar con la ciudadanía y convencer a un electorado escéptico y desilusionado. Pero, sobre todo, los políticos tienen la responsabilidad de adaptarse a los cambios de un nuevo tiempo que amenaza con dejarlos fuera.  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *